Haití y la estratificación

Haití y la estratificación

Wilfredo Mora

La violencia y el empobrecimiento económico de Haití se iniciaron en 1957, con la toma del poder del dictador Jean Francois Duvalier. Probablemente las décadas anteriores vividas en esa media isla, no fueron tan difíciles; fue la reverberación de grandes intelectuales sobre la negritud, el Caribe antillano, que contribuyeron al mundo haitiano, aunque no cambió su destino social.

Los problemas de la frontera con Haití la década de 1960, cuando la industria azucarera empezaba a declinar trajeron consigo un crecimiento demográfico, en nuestro país, que contaba con 3 millones de habitantes, impactaron el éxodo rural de poblaciones agrícolas hacia la capital. Santo Domingo se convirtió en una capital formada por más de un cuarto de su población nacional. La frontera empezó a poblarse de haitianos.

La fuerza laboral dejó los campos azucareros, de tabaco, y las clases bajas fueron expulsadas hacia las ciudades y los convirtió en lumpenproletariados.

Los primeros haitianos que llegaron se sintieron obligados a trabajar en la caña, se convirtieron en residentes permanentes y este proceso lejos de detenerse ha ido creciendo a un ritmo más rápido.

De manera que la estratificación dominicana, junto a la movilidad del pueblo haitiano hacia su vecino del este, antes de plantearse los problemas fronterizos y específicamente el muro, deberá reconocer cuál es la estructura fundamental sobre la que subyace el conflicto.

No hablamos de muro por disturbios recurrentes de la inestabilidad política de Haití, se habla por un trasfondo económico de la migración, que es esencialmente económica; a la clase empresarial le parecerá que también afecta sus intereses.

Y además debe hacerse en cooperación con el gobierno haitiano, para que pueda explicarle a su gente lo que resulte de la frontera sitiada: la solución no depende solamente del país vecino de Haití.

Existe actualmente una estratigrafía en la frontera dominicana que gobiernos tras gobiernos no han sabido poblar y al mismo tiempo defender el territorio. Trujillo quiso dominicanizar la frontera de forma agresiva, con una masacre.

El muro va a generar comentarios duros y racistas, a menos que las dos partes discutan, en conjunto, y vean más allá de la línea divisoria de humanos: ambos pueblos tienen en perspectiva mejorar la grave situación económica, a largo plazo, el bajo grado de educación del sitio, la deforestación extrema y un mar insular, que también puede llegar a ser una frontera común.

En fin, la movilidad de los haitianos hacia nuestro país puede ser comprensible todavía; pero lo contradictorio es la reacción de nuestras autoridades, que vienen de las partes más alta de la sociedad; mientras el resto de la población teme por los problemas de la migración haitiana (maternidad y riesgo de salud, criminalidad, y otros riesgos al parecer reales), los patronos no cejan de seguir explotando al pueblo haitiano con los salarios irregulares, en la agricultura y en la construcción.

La frontera es un mercado que debemos proteger: puede haber verja perimetral –no muro–, pero hay una demanda pública que debemos atender urgente, nunca cerrar, si es que nos importa la estabilidad.

 

 



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