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Haití: siempre puede ser peor

La región del Gran Caribe llama a preocupación. En los dos últimos editoriales nos hemos referido a las crisis de Venezuela y Cuba. Hoy toca referirnos al caótico Haití, un país que ha demostrado que la crisis siempre puede empeorar.

Cuando no son las bandas armadas, es el vacío institucional; cuando no es la inseguridad, es la improvisación política. Y cuando se espera una mínima señal de orden, emerge el desorden elevado a norma.

El episodio más reciente lo protagonizan los propios miembros del Consejo Presidencial Provisional, llamados a encauzar una transición ya de por sí frágil y desacreditada.

Lejos de concentrarse en organizar su salida conforme a lo previsto para el 7 de febrero, han optado por añadir un nuevo elemento de incertidumbre: un intento inoportuno y políticamente irresponsable de destituir al primer ministro. No se trata solo de una pugna de poder, sino de una muestra más de la incapacidad de la dirigencia haitiana para comprender la gravedad del momento histórico que atraviesa su país.

Sus actores políticos parecen empeñados en demostrar que incluso en el abismo siempre es posible cavar un poco más.

Estados Unidos, por su parte, no es ajeno a la dimensión del problema. La reciente movilización de barcos hacia Haití constituye una señal clara de que Washington observa con preocupación el deterioro acelerado de la situación y los riesgos que ello implica para la estabilidad regional.

Es un gesto de advertencia, de disuasión y de presencia estratégica. Pero sigue siendo solo una señal.
Para República Dominicana este nuevo episodio confirma que Haití no sólo vive una crisis interna, sino un colapso prolongado sin liderazgo capaz de revertirlo.

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