Haití: la metástasis de la violencia

El periodista Ricardo Vega
Ricardo Vega

Los cuerpos de mujeres y niñas son el nuevo campo de batalla. 796 violaciones vinculadas a pandillas en 90 días evidencian la conversión sistemática de la violencia sexual en arma de guerra.

Igual o más preocupante aún: Kenscoff, que solía ser el jardín por donde respiraba Puerto Príncipe hoy es una fosa común.

La reciente y brutal masacre en esta comuna montañosa, que ha dejado un saldo preliminar de 47 asesinatos, expone la cruel falacia detrás de las lecturas optimistas sobre la seguridad en Haití.

Celebrar una ligera disminución de los homicidios en el área metropolitana es ignorar una realidad alarmante: el horror simplemente se está extendiendo hacia el campo.

Mientras las operaciones de seguridad y las fuerzas internacionales concentran su músculo en la capital, la coalición criminal dirigen su crueldad hacia las comunidades periféricas.

El último informe de la ONU dibuja la radiografía de un terror que ya no conoce fronteras. Entre abril y junio, 1,408 almas fueron borradas del mapa nacional.

Sin embargo, el dato más perturbador es el uso sistemático de la violencia sexual. Registrar 796 violaciones vinculadas a las pandillas en solo noventa días demuestra que una táctica de sometimiento diseñada para acelerar el desplazamiento forzado e interrumpir el de por sí precario suministro de alimentos. En Haití, el hambre se siembra con terror.

La tragedia se vuelve aún más perversa cuando el Estado se convierte en verdugo. El informe revela que el 40% de las muertes ocurrieron durante las operaciones de seguridad oficiales.

Si bien la ofensiva de la Policía Nacional es indispensable para recuperar la estabilidad, el uso creciente de tecnologías letales se está cobrando la vida de civiles inocentes.

Esto siembra una profunda desconfianza en una población civil atrapada en el fuego cruzado del paramilitarismo pandillero y la fría indolencia de la respuesta estatal.

La masacre de Kenscoff es una advertencia tanto para el gobierno como para una comunidad internacional que prefiere mirar hacia otro lado.

Limitar la estrategia de pacificación a una lógica de «contención urbana» solo condena al exterminio a las provincias y debilita la frágil seguridad nacional a largo plazo.

Controlar Kenscoff significa dominar las alturas tácticas que miran directo a Pétion-Ville, el último reducto institucional de la capital.

Si las fuerzas del orden no adaptan su movilidad para defender de forma simultánea los frentes rurales, las pandillas continuarán su metástasis territorial. De lo contrario, no habrá país que pacificar, sino un cementerio que administrar.

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