Apreciados colegas me expresaron su desacuerdo con mi opinión sobre los peligros de la sobreexposición, que expliqué al referirme al reinicio de LA Semanal, la aparición del jefe del Estado en rol de interrogador de sus funcionarios transmitida por televisión.
Justifican el reinicio de este show mediático porque las métricas de popularidad del Gobierno bajaron luego de su suspensión hace meses.
En realidad habían comenzado a bajar desde antes. Es incorrecto atribuir aquel slump a ese sólo factor. Otros asuntos influyeron en la baja en popularidad. Previo a la recidiva de LA Semanal ha habido un repunte significativo. Los gerentes y estrategas de comunicación política y gestión de agenda pública que centran su enfoque sólo en lo mediático, usualmente se aferran a teorías, técnicas y prácticas del marketing para dominar o controlar la agenda del debate en la opinión pública.
Efectivamente, marcar la pauta o escoger los temas de la discusión es importante, pero como apoyo a la socialización y éxito de políticas públicas. Por ejemplo, la reacción de la comunidad jurídica y la sociedad ante el nuevo Código Penal no fue por falta de explicación ni propaganda oficial, sino por los macos que debieron corregirse a la carrera (y los que faltan…). Los hechos necesitan relato, pero nada se cuenta sin lo fundamental: realidades y logros.
Definir su significado importa, pero el público siente, piensa y decide en base a lo concreto, no sólo lo que le digan.
Ni Bernays o Goebbels pudieron tanto. LA Semanal ni ninguna herramienta por sí sola va a mejorar la imagen que ha fijado el presidente Abinader tras seis años gobernando, aunque entrevistar a sus ministros puede ofrecer la oportunidad de supervisar y exigir explicaciones en público, como Trump en su show televisivo -de antes de ser presidente- que concluía con el dramático despido de subalternos fallosos o ineficientes.
Luis no es Trump. Sigo sin comprender la utilidad o necesidad de otro espectáculo con funcionarios subalternos, comunicadores complacientes, invitados y producciones costosas.
Una clásica conferencia de prensa de quince minutos con reporteros de verdad es mil veces más efectiva, directa y concentra mejor el mensaje para fijar convincentemente la agenda. Lo mediático, verboso y florido, nunca sustituye lo fáctico: hacer es mejor que hablar. Los hechos verificables y sentidos imponen y pautan la narrativa, no al revés.