*Por Luis de Jesús Rodríguez
“El trabajo en equipo es la habilidad de trabajar juntos hacia una visión común. Permite que personas comunes logren resultados extraordinarios.” — Andrew Carnegie.
Con esta frase, Andrew Carnegie anticipó una verdad que la literatura moderna del emprendimiento enfatiza poco: ningún emprendedor, por brillante que sea, construye éxito en soledad.
Confieso que este aprendizaje llegó a mí de manera tardía, al menos de forma consciente. Durante muchos años asumí —como muchos emprendedores— que el esfuerzo individual, la disciplina personal y la visión clara eran suficientes para avanzar. Pero el tiempo y los golpes del camino me enseñaron una realidad distinta: el ecosistema importa tanto como el talento propio.
La narrativa tradicional coloca al emprendedor como un héroe solitario. Una figura casi mitológica que crea, lucha, arriesga y triunfa por su propio impulso. Es una imagen seductora, pero incompleta. La verdad es que detrás de cada creación significativa hay personas, instituciones, oportunidades y conversaciones que actúan como catalizadores del crecimiento.
Buscar individuos que complementen nuestras capacidades no es solo útil; es esencial. He aprendido que la complementariedad es una ventaja estratégica, una forma de expandir las posibilidades y corregir las limitaciones naturales de la perspectiva individual. Es muy difícil —y a veces imposible— construir algo de impacto profundo completamente solo.
A veces, una idea, una palabra, un gesto de apoyo o una estrategia compartida en el momento adecuado se convierten en el punto de inflexión de un emprendimiento. La mente debe estar lista, el deseo debe estar expresado con claridad, pero la chispa suele venir de alguien más. Y esa chispa, cuando ocurre dentro de un ecosistema fértil, tiene un poder multiplicador.
En mi caso, una parte importante del valor que he creado ha estado vinculada al negocio de alquiler y arrendamiento a largo plazo de vehículos de motor. Aunque hoy parezca una línea de trabajo natural, sus raíces están en mi infancia. Mi padre vendía vehículos, repuestos y neumáticos, y yo crecí viendo ese mundo. Cuando conseguí mi primer empleo en Santo Domingo Motors, no entendía a profundidad lo que era el negocio de alquiler. Simplemente me resultaba familiar.
Pero fue ese entorno el que me permitió aprender, conectar piezas, captar el funcionamiento de la industria y, con el tiempo, evolucionar hacia emprendimientos propios. Nada de eso ocurrió en aislamiento. Fue el resultado de un ecosistema: personas, experiencias, aprendizajes y relaciones que formaron una red de significado y oportunidad.
Hoy puedo afirmar que la creación de relaciones estratégicas no es una tarea adicional: es parte del camino mismo. Es una de las piezas más determinantes en la generación de valor en el emprendimiento. Nadie avanza solo. Y quien entiende esto temprano construye más lejos.