Sábado, 20 de abril, 2019 | 8:48 am

Ha muerto Fello Francisco



El merengue típico está de luto, porque el pasado 6 de febrero murió en Santiago Fello Francisco. Su hijo Radhamés, entre sollozos, me dio la mala noticia.

Cuánto lo siento, por lo mucho que quería y admiraba a ese prominente personaje, músico, compositor, fuente riquísima de datos e informaciones sobre la historia del merengue folclórico. Rafael Francisco Ulloa, por su nombre de pila, nacido en Rancho Viejo, Altamira, en 1922, igual que su hermano Miro, era hijo de Benito Francisco, un antiguo músico y comerciante.

Culto, informado, buen expositor, daba gusto oír hablar a don Fello de esa historia de la cual él mismo formó y siempre formará parte.

Era un yacimiento que el país no quiso aprovechar. Fue de los acordeonistas entrevistados por aquel musicólogo norteamericano James M. Coopersmith, que en 1944 vino al país a recoger muestras de nuestro folclore.

Coopersmith estuvo en Altamira y en Imbert el 25 de enero de ese año, vio tocar a don Fello y lo trajo al hotel Jaragua por varios días para enriquecer los informes que buscaba.

Ese mismo año don Fello pasó a tocar en La Voz del Yuna, como un episodio más de su dilatado recorrido por los caminos del merengue.

Me duele, además, porque el hogar de don Fello, y su esposa de siempre doña Tavita, era mi casa en Guananico. Dulce y yo tuvimos el alto honor de acogerlo en la nuestra. Cuando lo visitábamos se nos colmaba de atenciones. En una de las primeras entrevistas que le hice, el 2 de febrero de 2001, me comentó que después de Coopersmith, solo el infatigable folclorista René Carrasco lo había vuelto a consultar.

La experiencia fecunda de don Fello amenazaba con perderse, me interesé en ella y algo pudo aprovecharse.

En mayo de 2011 logré que, junto a otras glorias de nuestro merengue, a don Fello se le otorgara una condecoración a nombre del Estado, y quizás fue ese el único homenaje que se le hizo.

Aunque a medias, porque ni siquiera la medalla correspondiente pudo entregársele. Desde hace unos años un accidente de salud lo dejó postrado y aquel viejo roble empezó a librar la batalla que todos perdemos, hasta que finalmente, en el anonimato y el silencio, a los 96 años, cayó vencido por el golpe implacable de la muerte, al cual todos estamos condenados a sucumbir.

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