Evolución poética dominicana

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La 78 Feria del Libro de Madrid, que tiene como País Invitado de Honor a la República Dominicana, y el prestigioso Instituto Cervantes de esa capital, fueron el marco en que, gracias a la invitación del embajador de nuestro país ante el Reino de España, Olivo Rodríguez Huertas, y la coordinación en Santo Domingo del programa oficial, bajo responsabilidad de los escritores Soledad Álvarez, Minerva del Risco y José Rafael Lantigua, exministro de Cultura, tuve la oportunidad de disertar acerca de la tradición y las rupturas de la evolución de nuestra poesía, desde el siglo XIX hasta el presente.

Existe, a mi ver, una compleja relación de ruptura dentro de la tradición y, aunque parezca paradójico, una tradición de rupturas, ambas convergentes, en la evolución de la poesía dominicana durante el siglo XX y lo que va del siglo XXI, sustentadas en las ideas estéticas y la praxis poética de los creadores.

Esta dinámica afinca sus fundamentos en la asimilación y rechazo de los ismos en boga, especialmente en Europa, en el siglo XIX.

Desde los tiempos fundacionales de la literatura colonial en Santo Domingo, la creación se acrisolaba en la adscripción a lo que iba aconteciendo en Europa, especialmente en España, desde el conceptismo y el gongorismo del Siglo de Oro hasta movimientos y tendencias como el barroco, el neoclásico o racionalismo y posteriormente el romanticismo, parnasianismo y simbolismo. Críticos e investigadores de fuste como Marcelino Menéndez y Pelayo, Dámaso Alonso, Guillermo Díaz Plaja, Pedro Henríquez Ureña, su hermano Max Henríquez Ureña y Emilio Rodríguez Demorizi, para solo mencionar algunos, lo confirman.

Aunque confluyeran remanentes tardíos de movimientos estéticos europeos en América, no será sino hasta el advenimiento del modernismo a finales del siglo XIX y la imponente y singular figura de Rubén Darío, que el vector del impacto e influencia cambiará de dirección, yendo en este momento desde América hacia Europa. Relevancia significativa tendrán algunos de los precursores del modernismo como José Martí.

Cuando en 1956, Carlos Federico Pérez, brillante ensayista y nieto del gran poeta José Joaquín Pérez, da a conocer su inconclusa obra “Evolución poética dominicana”, que comprende desde el siglo XVI hasta el modernismo y posmodernismo de inicios del siglo XX, lo que procura es, justamente, mostrar las avenencias propias del concepto poético puro con el de la evolución histórica.

De manera que, la noción de evolución en este autor remite a la articulación entre expresión estética de la poesía y los acontecimientos históricos precedentes o vigentes, ya fueran en la metrópoli o bien, en la república independiente y su entorno geográfico, cultural e histórico.

En el prólogo, que data de 1987, a la segunda edición de esta obra ensayística, Pedro Troncoso Sánchez afirma que Pérez ofrece una concepción orgánica del movimiento poético dominicano, subrayando que le destaca su sentido evolutivo, antes que enfocarlo como una simple sucesión cronológica de poetas. Acota que ve el ensayista Pérez en cada poeta dominicano representativo un antecedente y una consecuencia.

Es por ello que, según Troncoso Sánchez, la novedad de esta obra consiste en que el curso de los tiempos hace ver en la poesía dominicana un crecimiento, un proceso de maduración, un desarrollo que aumenta su valor y le imprime una mayor universalidad.

Expresada muy resumidamente, esa es la atmósfera con que respecto de la vida republicana y sus avatares históricos entrarán en vigor ideas estéticas y movimientos literarios, particularmente poéticos que, enraizados en la segunda mitad del siglo XIX, marcarán tempranamente cambios importantes en la poesía dominicana del siglo XX, en una oscilación de tradición y rupturas, y rupturas dentro de la tradición.

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