El 43 % de los adultos ha utilizado etiquetas psicológicas contrapuestas para definirse a sí mismo y a una pareja o expareja, una práctica que puede simplificar conflictos y atribuir motivaciones sin una evaluación profesional.
Palabras como “narcisista”, “manipulador”, “empático”, “complaciente” o términos relacionados con los estilos de apego han salido del ámbito especializado para instalarse en conversaciones, redes sociales y conflictos cotidianos.
Una encuesta de ClarityCheck realizada entre 6,800 adultos de Estados Unidos, la Unión Europea y América Latina encontró que el 43 % había empleado una etiqueta psicológica para describirse y otra contrapuesta para definir a una pareja o expareja.
Entre las combinaciones frecuentes aparecen “empático” frente a “narcisista”, “complaciente” frente a “manipulador” y “apego ansioso” frente a “apego evitativo”.
El fenómeno no se limita a las relaciones de pareja. El 61 % de los participantes había utilizado lenguaje psicológico o relacionado con la terapia para describir a un amigo, familiar, compañero de trabajo u otra persona conocida.
Al mismo tiempo, el 54 % afirmó haberse reconocido en alguna etiqueta encontrada en videos cortos, pódcast, publicaciones en redes sociales, libros, artículos o conversaciones con otras personas.
Psicología en redes
La popularización de estos conceptos tiene una cara útil. Términos relacionados con determinados patrones de conducta pueden proporcionar a las personas un vocabulario para expresar experiencias que antes les resultaban difíciles de explicar.
El lenguaje psicológico también puede contribuir a reconocer comportamientos como coerción, abuso emocional o manipulación prolongada.
El problema aparece cuando una etiqueta deja de utilizarse para describir una conducta y comienza a funcionar como una explicación definitiva de la personalidad, las motivaciones y las intenciones de otra persona.
La encuesta encontró una diferencia en la manera de aplicar esos conceptos: las personas tendían a utilizar para sí mismas términos asociados con sensibilidad, vulnerabilidad o adaptación, mientras atribuían a parejas o familiares etiquetas relacionadas con egoísmo, peligrosidad o defectos de carácter.
Un dato resulta especialmente significativo: el 46 % había llamado a otra persona “narcisista”, “manipuladora”, “psicópata” o empleado otro término de resonancia clínica sin saber si existía un diagnóstico profesional.
La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es, que decir que una persona mintió describe una conducta concreta; calificarla como manipuladora puede convertirse en una interpretación sobre su personalidad y sus motivaciones.
Conflictos y etiquetas
Las redes sociales pueden reforzar estas interpretaciones. El 31 % de los encuestados había compartido un reel, fragmento de pódcast, publicación o artículo para demostrar que ellos mismos o alguien conocido encajaba en determinada categoría psicológica.
Ese contenido puede ayudar a identificar comportamientos o iniciar conversaciones, pero reconocer algunos rasgos en un video no equivale a una evaluación completa de una persona.
El efecto también aparece durante las discusiones. Entre quienes utilizaron lenguaje psicológico en un conflicto, el 42 % aseguró que hacerlo reforzó su convencimiento de que la otra persona era la principal responsable.
Incluso admitir errores propios no necesariamente eliminó esas etiquetas. El 34 % continuó utilizándolas para definir a otra persona después de reconocer que durante el mismo conflicto había mentido, insultado, tomado represalias o actuado injustamente.
Esto no significa que deban minimizarse conductas perjudiciales. Ante violencia, intimidación, coerción o abuso, identificar lo que está ocurriendo resulta esencial y no requiere asignar un diagnóstico psicológico a quien ejerce esas conductas.
La creciente divulgación de contenidos sobre salud mental ha acercado conceptos psicológicos a millones de personas y puede contribuir a comprender determinados patrones. El riesgo surge cuando términos complejos se convierten en diagnósticos improvisados o en explicaciones absolutas sobre quién es el otro.
En ese escenario, una distinción resulta fundamental: utilizar el lenguaje psicológico para describir comportamientos no es lo mismo que emplearlo para diagnosticar o definir por completo a una persona.
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