Ética y palabra

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En el principio fue la Palabra. Osada afirmación del evangelista Juan. Si fue la Palabra al inicio, entonces el silencio es posterior.

En la teodicea judeo-cristiana es impensable un antes previo a la existencia de Dios. ¡Hasta el tiempo le es consecuente, no precedente!

Ya que todo fue hecho por la Palabra, palabra y silencio son hechura de la Palabra, -así con mayúscula-.

Decimos lo que decimos porque primero nos hablaron. Quien fungiera como madre al criarnos nos habló y por eso hablamos. Respondimos… para decirlo con mayor precisión.

Por tanto, desde nuestro silencio, disfrazado de los chillidos al nacer, escuchamos que nos hablaban y nos esforzamos en responder.

Muy despistado estaba Descartes suponiendo que pensábamos y en consecuencia reconocíamos nuestra existencia.

Nos reconocimos existentes porque nos hablaron. Cualquier ser humano que se le sumergiera en el silencio, sin ninguna persona que le hablara, desde su nacimiento –si tal cosa pudiera ocurrir- carecería del hablar, del pensar, tal como lo entendemos.

Hablar y pensar, justo en ese orden, nos es donado por los otros seres humanos que nos anteceden, procrearon, criaron y educaron.

No toda palabra vale más que el silencio. Hablamos tanto por simplemente hablar, decimos tantas cosas por llenar el tiempo, por temor a que el silencio prevalezca.

La banalidad en las palabras contamina de frivolidad las relaciones interpersonales y conduce a forjar una sociedad sin orden ni valores ni futuro.

En este espacio en el periódico EL DÍA, que amablemente me brinda don Rafael Molina Morillo desde hoy, procuraré que tenga más valor que el silencio.

La sociedad dominicana merece nuestro mejor esfuerzo en los diferentes espacios que nos brinda y poner a su servicio los talentos que hemos cultivado.

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El Día

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