Un gran peso, con sus respectivas crisis de estrés y ansiedad, recae sobre ministros, directores y funcionarios medios del Poder Ejecutivo.
La meta no sólo es hacerlo bien, sino salir librados de los estragos mediáticos y, eventualmente, judiciales en caso de mala práctica administrativa y/o corrupción.
Atados de pies y manos ante un presupuesto, la mayoría de las veces deficiente o mal utilizado, estos hombres y mujeres —designados por su cercanía con el poder y, en algunos pocos casos, por tener capacidades por encima del común— deben librar diariamente batallas que nunca se reflejan en inauguraciones, firmas de acuerdos interinstitucionales u otras ejecutorias.
A veces tienen que pelear contra la misma gente que consideraban aliada.
Algunos de ellos, creyéndose por encima del bien y del mal y olvidando que el poder es efímero, violentan procesos, pasan por encima de leyes y reglamentos y se desayunan con el erario público. Otras veces, la guerra se va a casa: con la mujer que no entiende, con los hijos que se tornan rebeldes, con amigos a los cuales nunca se pudo “resolver” porque, a decir verdad, no hay cama pa’ tanta gente.
Muchas veces la trifulca se traslada al universo digital, ese espacio atiborrado de hoyos negros informativos que lo engullen todo con la fuerza gravitacional de un título mal trabajado, de una portada maliciosa o de una opinión sin sustento. Pobres funcionarios.
Les habría sido más fácil seguir trabajando por el partido, concentrarse en expandir las empresas de la familia, hacerse suplidores del Estado, brindar asesoría gratuita al presidente de la República e incluso convertirse en influencers, algo que con unos pocos dólares de inversión produce buenos dividendos mediáticos. Pero no.
No podían rechazar el llamado al “servicio” público. Y ahora el sueño es escaso, los mensajes de WhatsApp y las reuniones se amontonan, y los problemas germinan exponencialmente. Con el agua al cuello, lo único que les queda a ministros, directores y funcionarios medios es seguir nadando.
Lo cierto es que algunos se ahogarán, es inevitable. Otros pasarán a la otra orilla, algo sofocados, pero aún de pie; algunos serán relevados.
El estrés y la ansiedad entre funcionarios públicos no son cosa nueva. Son parte de las letras pequeñas del contrato estatal. Casi nadie habla de eso, pero es una realidad innegable de la que muchos, en secreto, desean alejarse.