
La paz mundial ha sido un ideal recurrente en la historia. Desde Kant, con su Proyecto de paz perpetua en 1795, hasta la creación de la ONU en 1945 y el Premio Nobel de la Paz, el esfuerzo por frenar la barbarie ha sido constante.
Sin embargo, los conflictos actuales -Ucrania y Rusia, Gaza e Israel, Palestina, Sudán o el Sahel- muestran que el sueño de una paz absoluta sigue siendo difícil de materializar.
El caso de Ucrania refleja el corazón de la geopolítica contemporánea. Rusia busca reafirmar su esfera de influencia frente a la OTAN; mientras Estados Unidos y Europa se empeñan en sostener a Kiev para preservar un orden internacional basado en reglas.
Pero como advirtió Henry Kissinger, el mayor riesgo no es la derrota de uno u otro, sino un equilibrio inestable en el que ninguno logra una victoria decisiva. Una paz negociada dependería de tres condiciones: la disposición de Moscú a aceptar límites, la resistencia de Ucrania y el compromiso indefinido de Occidente. Ninguna de ellas parece asegurada hoy.
Ahora bien, Ucrania no es un caso aislado. Medio Oriente y África demuestran que la violencia tiene múltiples causas: ambiciones territoriales, disputas identitarias, intereses económicos y Estados frágiles. Clausewitz tenía razón: la guerra sigue siendo la política por otros medios.
En este escenario, tres actores son decisivos. Estados Unidos mantiene su papel de potencia indispensable, aunque su polarización interna le resta capacidad de acción.
China juega como mediador estratégico -lo demostró en la reconciliación entre Irán y Arabia Saudita-, pero sin abandonar su alianza con Moscú. Rusia, finalmente, es un actor contradictorio: causa de inestabilidad, pero imprescindible para cualquier arreglo global.
La lección es clara: la paz mundial, entendida como ausencia total de conflictos, no es viable en el corto plazo. Lo que sí es posible es una paz relativa, sostenida en la contención, la negociación y el mínimo consenso entre las grandes potencias.
La paz, en definitiva, no es un destino final, sino un proceso en disputa. Los riesgos nucleares, la interdependencia económica y el cambio climático obligan a Estados Unidos, China y Rusia a entender que sin cooperación no habrá futuro.
Tal vez el siglo XXI no nos regale la paz perpetua que soñó Kant, pero sí puede ofrecernos la única paz posible: aquella que evita que la humanidad se autodestruya.