Espaillat y el liberalismo dominicano

Espaillat

La pasada semana acompañé al presidente, Luis Abinader, en el acto de exaltación y condecoración póstuma al expresidente Ulises Francisco Espaillat, con ocasión del sesquicentenario de su gobierno.
A través de una comisión, designada por el presidente, la cual tuve el honor de presidir, trabajamos en los actos protocolares y eventos culturales que tuvieron como objetivo ventilar y proyectar en valor el pensamiento preclaro de este honorable ciudadano.

Espaillat, nacido en Santiago de los Caballeros el 9 de febrero de 1823, fue médico, periodista, legislador, presidente de la República y, fundamentalmente, símbolo puro del liberalismo dominicano del siglo XIX: un pensamiento que apostó por la institucionalidad, la educación, la libertad de prensa y el Estado de derecho en tiempos donde el caudillismo y la anarquía parecían ser el destino irremediable de la joven nación.

La formación intelectual de Espaillat fue, en sí misma, una revelación sustentada esencialmente en principios. Estudió medicina en Francia, donde no solo adquirió los fundamentos científicos de esta profesión, sino que se alimentó de las corrientes filosóficas y políticas que transformaban el mundo occidental. El liberalismo que trajo consigo al país era la convicción consignada y arraigada en la razón y en el profundo amor cultivado hacia el pueblo dominicano.

Visión política liberal
Mu-Kien Adriana Sang Ben, en su portentoso estudio Una utopía inconclusa, reconstruye con rigor y sensibilidad esta trayectoria formativa, mostrando cómo el joven Espaillat fue articulando, en el contacto con Europa y en los grandes debates de su tiempo, una visión del mundo que lo distinguiría para siempre del pragmatismo oportunista de muchos de sus contemporáneos.

Espaillat y el liberalismo dominicano
Roberto Ángel Salcedo

Sang Ben sostiene que el liberalismo dominicano del siglo XIX fue un proyecto político e intelectual genuino pero íntegramente frustrado, cuya expresión más genuina la encarnó Ulises Francisco Espaillat. Dice la historiadora: “los liberales dominicanos de esa época compartían una visión modernizadora —educación laica, libertades civiles, institucionalidad republicana, desarrollo económico— pero chocaron sistemáticamente contra una realidad que los desbordaba: caudillismo arraigado, analfabetismo generalizado, inestabilidad fiscal, guerras civiles permanentes y una cultura política que privilegiaba la lealtad personal sobre la norma jurídica”.

La autora argumenta que Espaillat representó una paradoja desafortunada del liberal dominicano: un hombre de ideas claras y de inestimable honestidad intelectual, que ascendió al poder precisamente cuando el país era menos capaz de sostener lo que él proponía. El liberalismo dominicano no fracasó por carencia de sustento ideológico, sino por la ausencia de las condiciones materiales, institucionales y culturales necesarias para que pudiera imponerse y avanzar. De ahí la metáfora central del libro: una utopía que nunca llegó a concluirse.

El liberalismo de Espaillat tuvo también una dimensión económica que conviene destacar. Fue uno de los primeros intelectuales dominicanos en articular, con fundamentos teóricos, una visión del desarrollo nacional que no dependiera de la benevolencia extranjera ni del endeudamiento irresponsable.

Creía en el fomento de la agricultura, en la protección de los pequeños productores del Cibao, en la necesidad de que el Estado controlara sus propias finanzas. En este sentido, su pensamiento económico anticipó debates que el país volvería a enfrentar una y otra vez a lo largo del siglo XX, y que, en cierta medida, siguen vigentes en el debate público.

Papeles de Espaillat
A través de la Editora Nacional, y en el marco de estos eventos conmemorativos, reimprimimos varios textos sobre la vida y el pensamiento de Espaillat; uno de ellos, de la autoría de Emilio Rodríguez Demorizi.

El escritor e historiador preparó una compilación de escritos a la que tituló bajo el nombre de Papeles de Espaillat. En este texto de indispensable lectura el autor rescató cartas, artículos, discursos y documentos oficiales que revelan la consistencia de un pensamiento que no cedió ante las presiones y maquinaciones del poder. Esos documentos muestran a un hombre que creía, con desbordante pasión, que la letra escrita podía transformar la sociedad.

Su efímera presidencia
La presidencia de Espaillat, que comenzó el 29 abril de 1876, fue uno de los episodios más luminosos y, al mismo tiempo, más infaustos de la historia política dominicana. Luminoso porque su programa de gobierno era, para la época, auténticamente transformador: reorganización de la administración pública, impulso a la instrucción nacional, moralización de las finanzas del Estado, respeto a las libertades civiles, etc. Infausto porque duró apenas 5 meses y 5 días, hostigado por las fuerzas del baecismo que no podían tolerar un gobierno que colocara límites al desorden y a la arbitrariedad.

Lo que más impresiona de este breve periodo de gobierno, más allá de su imposibilidad para desarrollarse, fue su dignidad. Espaillat no negoció con sus adversarios a expensas de sus principios; no compró lealtades ni recurrió a la violencia para sostenerse. Cuando el cerco se cerró sobre su presidencia, eligió renunciar antes que precipitar al país a una guerra civil.

La lucidez intelectual de Espaillat es inseparable de su dimensión política. A diferencia de muchos caudillos de su época, que gobernaban desde el instinto y la fuerza, Espaillat gobernaba —y escribía, y pensaba— desde la reflexión y la convicción. No escribía para halagar; escribía para convencer, para educar, para incomodar cuando era necesario. En una época en que la prensa era también campo de batalla política, Espaillat usó la palabra con la misma responsabilidad con que un cirujano usa el bisturí: para corregir y sanar, aunque el procedimiento causara molestias y dolor.

Muerte y enseñanza
La muerte de Espaillat se produjo en su natal Santiago el 25 de enero de 1878, apenas un año y medio después del intempestivo final de su gobierno. Murió con apenas 54 años, agotado por las luchas políticas y por una salud que las vicisitudes del poder la vio comprometer.

¿Qué significa hoy, reivindicar el nombre y el pensamiento de Espaillat? Él fue, en suma, un ínclito y probo hombre de sólida formación académica. Vivió en una era de caudillos y accionó como un estadista; gobernó por breve tiempo y dejó un nítido pensamiento que debe ser compartido con las presentes y futuras generaciones.

Es un deber ciudadano ir en rescate de su memoria, no como un ejercicio nostálgico, sino como acto de justicia histórica y como señal de que los valores por los que luchó Espaillat siguen siendo brújula para orientar el destino de la nación dominicana.