Escándalo sobre escándalo
El hombre es un animal de costumbre, dicen por ahí. Ciertamente, uno se acostumbra a todo. Si me duele un dedo del pie izquierdo, cada día que pasa me molestará menos, hasta que llegará un día que lo aceptaré como la cosa más natural del mundo. Así pasa con todo. Con una gotera en la sala de la casa, con un hoyo en medio de la calle, con la bulla que hacen los muchachos en la escuela que colinda, patio con patio, con el apartamento donde vivimos
En la vida pública también se presentan situaciones de inmoralidad y falta de ética que no deberían ser, pero con las cuales la sociedad transige hasta que parecen normales, siendo en realidad escandalosas.
¿Quieren ustedes algo más escandaloso e inmoral que el barrilito de los legisladores, que representa cientos de millones de pesos sustraídos de los escasos fondos nacionales para entregárselos alegremente a los propios senadores y diputados?
Pues bien, otro de los escándalos que parecen no molestar a la sociedad, porque ya está inmunizada para no morirse de un infarto colectivo, es el de las exoneraciones de que disfrutan los legisladores cada dos años para traer vehículos de súper lujo y luego venderlos y ganar pingües beneficios como si fueran comerciantes en vez de legisladores.
Se han escuchado algunas voces de un puñado de legisladores que abogan por cierto adecentamiento del mecanismo para merecer las mentadas exoneraciones, pero eso no basta. Al Congreso, que muchos consideran como el Primer Poder del Estado, hay que fumigarlo de arriba abajo y voltearlo como una media para que, de verdad, pueda considerarse como una genuina representación del pueblo. Mientras tanto, ya está bueno de acostumbrarnos a lo mal hecho. ¡Ya basta de tantos privilegios inmerecidos!
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