Es tiempo de caminar contra la corriente, no de acuerdo a ella

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Senabri Silvestre

En su libro “El Arte de la Prudencia”, Baltasar Gracián dice que: “La regla es ir contra las reglas cuando no se puede conseguir de otro modo un resultado feliz”.

Confieso que siempre me había chocado esa regla, como muchas otras de Maquiavelo o Robert Greene, escritores que tratan de dotar al hombre de ciertas habilidades para manejarse en distintas situaciones de la vida.

Pero al observar el mundo de hoy encuentro que no hay otra alternativa que asumir ese consejo como una sentencia irrevocable para alcanzar una vida recta ante los ojos de Dios: el único que puede traer paz, orden y bendición.

La corriente de hoy intenta sacar a Dios de la vida del hombre para librarse de las culpas que le podrían causar el tener que rendirle cuentas “al que todo lo ve”, Job 34:21.
Los mandamientos, basados “en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a tí mismo” (Éxodo 20) han sido sustituidos por la avaricia, la lujuria, los engaños, pleitos, egoísmo y otras acciones que conducen a un mundo hostil con el que nadie sueña.

El panorama actual es similar al que encontró el rey Josías entre 639 y 608 a. C., en una Judá que había dejado al Dios que lo libró de la exclavitud para seguir otros dioses.

Nadie se acordaba de la Ley de Moisés (Los mandamientos) ni de hacer sacrificio por sus pecados o dar ofrendas de gratitud; al contrario, se habían construido lugares altos, imágenes de Asera y esculturas fundidas que no les exigían respetar la moral, la religión ni la ética.
Pero Josías decidió irse contra la corriente.

Aunque el pueblo adoraba a los baales, él decidió servir a Dios; aunque no seguían los mandamientos, él llevó a la gente a cumplirlos; y aunque nadie se atrevía a consultar a Dios, él prefirió pedir su dirección (2 Crónicas 34).

Con ese atrevimiento , Josías logró detener el mal que presagiaba sobre Judá por sus abominaciones, un logro que hoy podemos arrebatar si, al igual que Josías, elegimos andar por el camino de la rectitud, que solo Dios nos puede dar.

Podemos empezar cambiando nuestra propia vida y luego motivar a la familia.

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