Ella

opinion 237

Su elegancia la distinguía. No la de la percha, acicalada y sencilla, sino sobre todo la intima. La elegancia de su corazón tranquilo, de su pensamiento aplomado, de su entereza de ánimo y bondad de vida.

Afable la mirada, el paso seguro, sincero el saludo, desvestida de poses y propósitos escondidos. Nada atentó contra su ser mesurado. Hizo de los momentos de adversidad motivo para tensar sus fuerzas, y de los momentos risueños, oportunidad para multiplicar sus empeños y afectos.

En viento bueno y en viento malo, incólume, centrada, esperanzada. La tragedia, el poder, las incomprensiones no vencieron su templado espíritu y su recia fortaleza transparente.

Admirada dominicana, ciudadana militante, familiar entrañable, mujer prudente, amiga entregada. Desde el instante mismo que de Santiago llegó a Santo Domingo investida de nuevas tareas, su talante cautivó. La ternura de su simpatía, sus formas serenas, desde entonces dejaron su impronta en la aceptación popular.

Coincidió su entrada a mi vida, al reino de mis afectos, con la víspera del nacimiento de mi hija Gabriela. Que privilegio el mío, el nuestro, ¡quererla y admirarla!

La amistad, como el tiempo fresco, se siente y alienta. Tiene cuerpo y tiene alma, inefable y palmaria. Una relación escogida, lúcida y luminosa. Con esa calidez tan propia, ella la transformaba en un regalo, envuelto en generosidad y desinterés, en confianza y cariño, por los caminos verdaderos de la constancia y el esmero.

Así mismo fue, hizo de la amistad un fin en sí mismo. Una sola verdad con más de un rostro, más de un compromiso y más de una voluntad. Amistad espontánea, honesta e incondicional, sin nubes ni discursos. La amistad es o no es y al ser, trasciende los días de la tierra y pervive para siempre en la memoria de la gratitud, en la infinita emoción del amor. ¡Nunca la olvidaré, queridísima doña Renée!