Las autoridades de Haití, con apoyo de los Estados Unidos, intentarán –contra toda razonabilidad— efectuar en diciembre próximo unas elecciones nacionales para que sea votado un presidente con visos de legitimidad.
Las últimas elecciones, en 2016, llevaron al poder a Jovenel Moise, asesinado en un magnicidio que hundió a ese territorio en una indetenible espiral de violenta disolución de la legalidad.
El control territorial de amplias zonas urbanas y rurales lo poseen pandillas criminales contra las cuales nada han logrado el Gobierno y las potencias que financian la ineficaz Fuerza de Supresión de Pandillas autorizada por la ONU, sucesora de la misión multinacional de apoyo a la seguridad liderada por militares de Kenia.
Esta fuerza, auxiliada por mercenarios contratados por el sector privado, apoya a la Policía haitiana a combatir a las bandas. El caos tras varios desastres naturales como los terremotos y huracanes, la costumbre haitiana de pegar candela a edificios o gente, la ancestral deficiencia de su registro civil y el desinterés de la población por votar (grave riesgo por las amenazas de las bandas), apuntan hacia un predecible fracaso de esta pantomima de elecciones.
Su único propósito luce ser que la comunidad internacional encuentre justificación para desentenderse aún más de la inviabilidad haitiana, fuente de inmoral enriquecimiento de políticos, narcotraficantes, contrabandistas y otros delincuentes, entre ellos notorios miembros de la exigua élite que expolia al miserioso y extenuado pueblo.
Uno de los peligros de una votación con participación de apenas un 10 % o 15 % de sus ciudadanos es que mientras menos gente sufrague, más fácil es manipular fraudulentamente los resultados, abriendo la puerta a algún candidato de las propias bandas o políticos descalificados por sus antecedentes penales.
Nada augura que por este camino Haití podrá encauzarse hacia la legalidad democrática, el orden público legítimo ni la ansiada recuperación de sus libertades públicas y posibilidad de prosperar económicamente.
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