El gobierno provisional haitiano insiste en la celebración de elecciones este año, una salida compleja, pero por lo visto necesaria en un Consejo en el que asoman diferencias de imposible ventilación en un órgano que debería ser espejo con la imagen ideal de la sociedad haitiana.
La elección de un gobierno de largo aliento es, sin duda, una necesidad, pero muchos se preguntan si será posible una campaña electoral con bandas armadas actuando por la libre hasta en Puerto Príncipe.
Si el Consejo Presidencial de Transición estuviera integrado por patriotas nadie estaría hablando de elecciones.
Luce, en cambio, un parche puesto para cubrir una ausencia, en el que sus integrantes ponen más empeño en jalar brasas para sus sardinas que en ponerse de acuerdo para poner al Haití de hoy ante la mejor de las rutas posibles.
Armar unas elecciones no es el único desafío que debe enfrentar el equipo de notables sobre el que ha sido puesta la responsabilidad del gobierno provisional. Que de estas salga un gobernante representativo es acaso el más importante de todos y, a continuación, ¿qué hacer con la institución del Primer Ministro, que tantas dificultades ha deparado durante tanto tiempo?
Es posible que este último punto sea materia constitucional, lo que a su vez introduce en el análisis un elemento de conflicto que no puede ser despreciado como una minucia.
Que haya venido a ser elemento de discordia en medio del Consejo Presidencial es un avance de lo significaría en un parlamento puesto para reformar la Constitución hatiana, no por la reforma, sino por lo que implicaría como poder sobre los hombros del Presidente y como pérdida para negociaciones políticas.
De colofón, digamos que la representatividad en Haití es otro gran desafío político. En las elecciones ganadas por el presidente Jovenel Moïse —2016— la abstención fue del orden del 80 %, lo mismo que las precedentes —2011—, ganadas por Michel Martelly.