El vuelo que no despegó: el alivio de una madre dominicana en medio del 11-septiembre

Adalgisa Sánchez
Adalgisa Sánchez

Para Adalgisa Sánchez, el 11 de septiembre de 2001 no comenzó en Manhattan, sino en el temor de una madre que, desde una oficina en El Bronx, vio por televisión cómo el mundo cambiaba frente a sus ojos.

Dominicana, residente en Nueva York desde hace más de 35 años, Sánchez recuerda aquella mañana con una mezcla de dolor, angustia y alivio. Sus hijos, Oscar Martínez y Adalis Martínez ya fallecida, se encontraban de vacaciones en República Dominicana y tenían previsto regresar ese mismo día a Nueva York.

El viaje estaba programado en American Airlines. Sánchez se encontraba trabajando en una oficina inmobiliaria en El Bronx cuando comenzó a observar las imágenes que llegaban desde Manhattan.

“Yo estaba en el escritorio viendo las noticias y, de repente, fui la única que estaba en la oficina. Los demás estaban en el parqueo”, recuerda.

Al principio, como millones de personas en Estados Unidos y el resto del mundo, no comprendía exactamente qué estaba sucediendo. Las primeras imágenes mostraban humo y destrucción, pero la dimensión de la tragedia todavía no podía ser imaginada. Entonces vio caer una de las torres.

“Me asusté bastante. Llamé a todo el mundo para que vinieran a ver lo que estaba pasando en Manhattan, porque uno como que no sabía qué fue lo que pasó en el momento”, relata.

Pero el miedo se transformó en una angustia personal cuando quedó claro que no se trataba de un accidente aislado. Comenta que un segundo avión impactó otra de las torres del World Trade Center. Las imágenes confirmaron lo que hasta ese momento parecía imposible: aviones comerciales estaban siendo utilizados deliberadamente contra objetivos en Estados Unidos.

Fue entonces cuando Sánchez pensó inmediatamente en sus hijos. Ellos debían viajar ese mismo día desde República Dominicana hacia Nueva York.

“Yo dije: Dios mío, mis hijos viajan ese día de República Dominicana para Nueva York en American Airlines”, cuenta con palabras entrecortadas.

La incertidumbre se apoderó de ella. Intentó comunicarse con su prima, quien había llevado a los jóvenes al aeropuerto, pero durante aproximadamente media hora no obtuvo respuesta.

En medio del caos, cada minuto parecía interminable, finalmente, llegó la llamada que Sánchez estaba esperando.

Su prima le informó que el vuelo había sido cancelado, “ahí yo respiré. Yo dije: alabado sea Dios”, recuerda.

Aquel vuelo cancelado, que en cualquier otro día habría representado una molestia o un cambio inesperado de planes, para Adalgisa significó algo completamente diferente: sus hijos estaban vivos y permanecían fuera del epicentro de una tragedia que apenas comenzaba a revelar su magnitud.

La distancia que aquel día se convirtió en protección

Los hijos de Sánchez tuvieron que permanecer en República Dominicana hasta que se reanudaran los vuelos. Para ella, sin embargo, aquella espera tuvo un significado distinto.

Mientras miles de familias en Estados Unidos intentaban desesperadamente comunicarse con sus seres queridos, ella podía al menos saber que Oscar y Adalis estaban a salvo. “Yo estaba feliz, tranquila con mis hijos, porque ellos estaban en República Dominicana”, expresa.

La tranquilidad personal contrastaba con el drama que se vivía en Nueva York.

Sánchez describe aquellos días como un trauma colectivo, una herida que trascendió las fronteras estadounidenses y alcanzó a personas de diferentes nacionalidades, familias y comunidades.

“Eso fue una tristeza global. Eso fue un trauma increíble. Creo que todavía no lo hemos superado en verdad”, afirma.

Para una dominicana que llevaba décadas viviendo en Nueva York, el ataque no fue solamente una noticia internacional. Fue un acontecimiento que golpeó directamente el lugar que había convertido en su hogar.

Una ciudad, una economía y una generación marcada

Con el paso de los años, Sánchez comenzó a observar las consecuencias que dejó aquel día más allá de las imágenes de las torres desplomándose.

Habla del impacto económico, de las empresas afectadas y de las personas que, según recuerda, quedaron marcadas por las consecuencias de la tragedia.

También hace referencia a los problemas de salud que han sufrido algunas personas expuestas al polvo y a los contaminantes liberados tras el derrumbe de las torres.

Su reflexión parte de una idea sencilla: cuando ocurre una tragedia de semejante magnitud, sus efectos terminan alcanzando a toda una sociedad.

“Cuando hay un sentido de humanidad y cuando tenemos sentimientos en el corazón, todo nos afecta a uno más que a otro”, sostiene.

Para Sánchez, Estados Unidos logró levantarse, aunque no volvió a ser exactamente el mismo país.

Explica que han pasado 25 años desde aquella mañana de septiembre. Sin embargo, para quienes estuvieron cerca de la tragedia, el tiempo no necesariamente borra las emociones.

En su caso, basta recordar una llamada telefónica. No fue una llamada que anunciara una tragedia, sino todo lo contrario. Fue la voz de su prima diciéndole que el vuelo había sido cancelado.

Dijo que, en medio del miedo, aquella cancelación significó una segunda oportunidad. Mientras Nueva York vivía una de las jornadas más oscuras de su historia, una madre dominicana respiraba aliviada a cientos de kilómetros de distancia.

Sus hijos no habían despegado. Y, para Adalgisa Sánchez, ese detalle marcó para siempre la forma en que recuerda aquel 11 de septiembre.

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Sobre el autor

Erika Rodríguez

Periodista, ganadora del Premio Nacional de Periodismo Turístico Epifanio Lantigua en la categoría Gastronomía y Turismo.