El ingenio detrás del Oculus: la obra de Calatrava donde la luz recuerda el 11-S

El ingenio detrás del Oculus: la obra de Calatrava donde la luz recuerda el 11-S
El ingenio detrás del Oculus: la obra de Calatrava donde la luz recuerda el 11-S

Santo Domingo.- Miles de personas atraviesan cada día el Oculus de Nueva York, fotografían sus enormes costillas blancas y levantan la mirada hacia su espectacular techo de cristal, arquitectura que fue concebida para dialogar con la memoria de la Zona Cero y que, cada 11 de septiembre, la luz del sol se convierte en parte del homenaje.

La estación, diseñada por el arquitecto e ingeniero español Santiago Calatrava, forma parte del nuevo complejo del World Trade Center levantado tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

A primera vista, su estructura parece un enorme pájaro blanco a punto de levantar vuelo y esto no es casualidad.

Cuando presentó el proyecto, Calatrava recurrió a la imagen de un pájaro liberado de las manos de un niño, una metáfora de esperanza para un lugar marcado por la tragedia.

Pero detrás de sus características “alas” existe una historia menos evidente: el Oculus fue integrado al plan maestro de reconstrucción de la Zona Cero, concebido por el arquitecto Daniel Libeskind, donde la memoria, el espacio público y la luz desempeñan un papel fundamental.

Un plan para renacer

Tras los atentados surgió un desafío que iba mucho más allá de sustituir los edificios destruidos: había que devolver vida a una parte esencial de Lower Manhattan sin borrar las huellas de lo ocurrido.

En 2003 fue seleccionado Memory Foundations, el plan maestro de Daniel Libeskind para el World Trade Center porque su propuesta buscaba equilibrar memoria y reconstrucción, preservar las huellas de las Torres Gemelas y devolver calles y espacios públicos al área.

Uno de sus conceptos fue la denominada Wedge of Light (Cuña de Luz), que incorporaba la trayectoria del sol a la planificación del espacio.

Dentro de ese gran esquema urbano, Calatrava recibió el encargo de diseñar el nuevo World Trade Center Transportation Hub, resultado que demostraría que una estación podía ser mucho más que un lugar para tomar un tren.

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Un pájaro entre torres

En lugar de ocultar completamente la infraestructura de transporte bajo tierra, Calatrava creó sobre ella el Oculus: una estructura independiente de acero y cristal que se abre horizontalmente entre los grandes edificios del nuevo World Trade Center.

Sus costillas forman una gran elipse y se prolongan hacia el exterior creando la impresión de dos alas y el edificio establece además una escala diferente frente a los rascacielos que lo rodean.

De acuerdo a los datos recogidos sobre este tema, Calatrava buscó que sirviera como transición entre la monumentalidad de las torres y la dimensión del peatón.

Ese contraste forma parte de su atractivo para quien visita la Zona Cero: el Oculus no intenta competir en altura con los edificios; parece abrirse entre ellos.

La luz como material

El verdadero ingenio del diseño se aprecia al entrar, pues el gran espacio interior está recorrido por costillas estructurales que permiten que la luz natural descienda desde el techo hacia los diferentes niveles del complejo.

Entre sus grandes arcos se extiende un tragaluz de aproximadamente 330 pies de longitud, concebido para permitir que la luz penetre profundamente en la estación, para que, de esta manera, la iluminación deje de cumplir únicamente una función práctica.

En el Oculus, la luz se convierte casi en otro material de construcción y es precisamente cada 11 de septiembre cuando ese recurso arquitectónico adquiere su mayor carga simbólica.

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Cuando el sol recuerda

Aquí se produce uno de los encuentros más interesantes entre el plan maestro de Libeskind y la arquitectura de Calatrava, ya que el concepto de la 'Wedge of Light' buscaba relacionar el espacio público con la trayectoria solar de la mañana del 11 de septiembre.

La orientación del Oculus y su gran apertura superior dialogan con esa idea y cada 11 de septiembre, durante el período comprendido entre las 8:46 de la mañana, hora en que el primer avión impactó la Torre Norte, y las 10:28, cuando esa torre colapsó, la trayectoria de la luz solar puede observarse atravesando el espacio del Oculus.

Dos líneas paralelas en el piso evocan las Torres Gemelas y, así, algo tan intangible como la luz se transforma en marcador del tiempo y elemento de memoria.

Este año, cuando se cumplen 25 años de los atentados, esa relación se hizo todavía más visible y la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey instaló en septiembre de 2026 nuevas incrustaciones permanentes en el piso del Oculus para señalar la trayectoria de la 'Wedge of Light'.

La intervención incorpora vidrio y mármol y marca incluso la posición de la luz correspondiente a las 10:28 de la mañana.

Mirar hacia el cielo

Hay otro detalle que puede pasar inadvertido para quien visita el Oculus únicamente atraído por su arquitectura: el tragaluz central fue diseñado para abrirse y, cada 11 de septiembre, permite que el cielo de Nueva York forme parte del espacio interior.

El gesto cambia la experiencia y el techo deja de ser simplemente una espectacular solución arquitectónica para establecer una conexión entre el interior del edificio, el cielo y la fecha que transformó para siempre el lugar sobre el que fue construido.

Conocer estos detalles también modifica la mirada del viajero, ya que aquello que inicialmente parece una gran estación futurista comienza a revelar las decisiones simbólicas escondidas detrás de su diseño.

El recuerdo de una visita

Quizás la mayor paradoja del Oculus sea que toda esa carga histórica convive diariamente con la rutina, pues al ser una estación de transporte, por sus espacios circulan viajeros, trabajadores y turistas, también allí funcionan comercios y restaurantes, convergen conexiones ferroviarias que comunican Lower Manhattan con otros puntos de Nueva York y Nueva Jersey.

Recuerdo que durante mi visita al Oculus y a todo el complejo del World Trade Center me impresionó precisamente ese contraste.

En un mismo recorrido se pasa del movimiento incesante de una estación llena de viajeros, trabajadores, turistas, comercios y restaurantes, al silencio que imponen, apenas a unos pasos, las piscinas del 9/11 Memorial, levantadas sobre las huellas de las desaparecidas Torres Gemelas.

Caminar por allí produce sensaciones difíciles de separar: El Oculus, con su inmensa estructura blanca, su altura y la luz que entra desde el techo, obliga a levantar la mirada; mientras que el memorial ocurre lo contrario: la mirada desciende hacia los enormes vacíos donde alguna vez estuvieron las torres y hacia los nombres de quienes perdieron la vida.

Esa experiencia me permitió entender el lugar de una manera distinta: no se reconstruyó la Zona Cero intentando borrar lo sucedido, sino haciendo que memoria y vida cotidiana pudieran coexistir.

Mientras unos se detienen frente al memorial, otros corren para alcanzar un tren, llegan al trabajo, hacen compras o simplemente atraviesan el complejo para continuar su camino.

Quizás esa sea una de las imágenes que más permanece de mi visita: en el mismo espacio donde Nueva York recuerda una de sus mayores tragedias, la ciudad continúa moviéndose.

Veinticinco años después del 11-S, el Oculus ayuda a comprender que la arquitectura también puede contar una historia y, frente al vacío del memorial, sus alas parecen elevarse; frente al recuerdo de la destrucción, deja entrar la luz, y, algunas veces, basta ese rayo de sol atravesando un edificio para hacer presente aquello que una ciudad decidió no olvidar.

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Sobre el autor

Lady Reyes

Editora de las secciones Vida y Estilo, Salud, Tecnología, Cultura y El Día y la Noche del periódico El Día, con una trayectoria de más de 30 años en el ejercicio profesional.
Es directora y fundadora de Encuentros Interactivos. www.encuentrosinteractivos.do
En 2018, recibió el Gran Premio a la Trayectoria del Premio Nacional a la Crónica Social, otorgado por la Asociación Dominicana de Cronistas Sociales.