Sábado, 21 de septiembre, 2019 | 5:17 am

El viaje de animales a dioses (2)



En su radicalismo evolucionista y biologicista, Harari se apoya, para construir su relato de la historia de la humanidad, en la expresión: “La biología lo permite, la cultura lo prohíbe” (p. 168). La biología es laxa; la cultura es prohibitiva.

Freud establece con claridad que la cultura inicia cuando se prohíbe el incesto. Se presume que la cultura prohíbe solo aquello que es antinatural.

Pero, el historiador judío sustenta que los conceptos de natural y antinatural no han sido tomados de la biología, sino de la religión cristiana, por cuanto, para la biología todo lo posible es natural.

Aduce que no ve como antinatural que los chimpancés utilicen el sexo para afianzar alianzas políticas, establecer intimidad y desarmar tensiones.

De ahí su postura controversial frente valores fundamentales de la religión judeocristiana, la tradición cultural occidental y la ciencia.

La cooperación en tareas comunes es lo que da lugar a la cultura. La cultura es una red de “instintos artificiales” (p. 185), que hicieron posible la cooperación efectiva de millones de extraños. Después del lenguaje, el elemento simbólico por excelencia en la cultura es el dinero.

Lo había establecido Georg Simmel. Para Harari, el dinero no es una realidad material, concreta.

Se trata de un constructo psicológico que funciona al convertir lo material en asunto mental. Todas las formas del dinero descansan en la confianza como base. “El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás se haya inventado” (p. 203).

El lado oscuro del dinero consiste en que este no siempre se invierte en humanos, comunidades o valores sagrados, sino en el dinero mismo.

Luego de considerar la revolución agrícola como el mayor fraude de la historia, como una trampa que creó élites de poder, advierte que el crecimiento de la economía capitalista moderna podría resultar ser un “fraude colosal” (p. 366).

Es quimérica, según el autor, la idea de acabar con los imperios. La herencia imperial es inherente a las culturas vigentes. Ninguna es hoy día auténtica. Luego, el antiimperialismo ideológico, político, económico y cultural parecería una ideología banal. Por la irreversibilidad del proceso de globalización, el nuevo concepto de imperio será global.

Y, como había sugerido Zygmunt Bauman, no hay soluciones locales a problemas globales. El calentamiento de la tierra es un tema global. Ningún Estado soberano podría afrontarlo por sí solo. El color del imperio global pudiera ser verde.

La corriente actual a favor de la sostenibilidad y la guerra al calentamiento global lo acreditan.

La religión, junto a los imperios y el dinero, ha sido la tercera fuerza unificadora de los propósitos del “sapiens”, la especie más mortífera, en la historia.

También, antes como ahora ha separado, desunido, discriminado, matado. Su paradoja estriba en ser un sistema de normas y valores humanos basado en lo sobrehumano.

Pero, como relato ficticio tiene la fuerza de unir millones de almas en cooperación por medio de mitos comunes.

A Nietzsche le gustaba anotar este aforismo: “El que crea destruye siempre”. Harari admite en el “Homo sapiens” la condición de especie que crea y destruye, lo que lo acerca a las divinidades.

Siendo insignificante hace 70,000 años, se ha convertido en amo del planeta y en terror del ecosistema natural y, paradójicamente, agrego, también del sociosistema.

Ha alcanzado un poder omnímodo, pero que no le satisface, no le hace feliz. Por ello el historiador concluye, con cierto pesimismo, preguntándose acerca de si pudiera haber peligro mayor que el de unos dioses insatisfechos e irresponsables, los “sapiens”, que ni siquiera saben lo que quieren. Si lo creado por venir proviene de nosotros, ¿será un ser distinto?

José Mármol

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