Siempre se ha sostenido que el tiempo es un dictador, y que bajo ninguna circunstancia tiene piedad al momento de olvidar o recordar el orden, la separación y duración de acontecimientos que en determinados momentos históricos han producido un impacto contundente en la humanidad.
De acuerdo a la física clásica el tiempo es igual para todos, sin embargo, Albert Einstein, en su teoría, lo definía como totalmente relativo en forma y espacio.
El tiempo también es un borrador que se mantiene permanentemente acorralando hechos en el zafacón del olvido.
Hago esta reflexión sobre el tiempo, para sacar a colación un hecho que el tiempo prácticamente borró.
Me refiero a la partida, la pasada semana, del boxeador canadiense George Chuvalo, quien en dos oportunidades al enfrentar a Mohammad Alí, colocó al mundo en total expectativa.
El primer combate se registró un 30 de marzo de 1966 en Toronto, por el título de los pesados, lo perdió por decisión tras 15 asaltos.
El hecho de no haber sido noqueado, y Alí declarar tras el pleito que George era el rival más fuerte al que había enfrentado, llevó a los promotores, sin pensarlo dos veces, a organizar la revancha en 1972 en Vancouver, esta vez a 12 asaltos, con otro triunfo de Alí por decisión
Estos dos combates, dada la popularidad de Alí, no solo en el boxeo, sino también por sus luchas sociales, le agregaron un plus a Chuvalo, para convertirse en una celebridad.
Pero el tiempo, como dictador y tirano, colocó a Chuvalo en el ostracismo durante años, hasta que el pasado día 12 de setiembre, el día de su cumpleaños, se conoció sobre su fallecimiento, lo que me llevó a pensar que el tiempo es despótico y totalitario.
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