- Publicidad -

El sobrepeso que viene del corazón

No todo sobrepeso nace de lo que comes. A veces nace de lo que faltó. Hay cuerpos que no acumulan grasa: acumulan historia.

Capas que no hablan de exceso de comida, sino de exceso de soledad. De esa infancia donde mirabas la puerta esperando a mamá y no llegaba. No porque no te amara, sino porque la vida la empujó lejos: murió, emigró, trabajaba demasiado o simplemente no pudo sostener a tantos hijos a la vez. Pero un niño no entiende razones. Solo siente abandono.

Desde la psicología sabemos que el dolor no expresado busca refugio. Desde la biodescodificación, el cuerpo intenta protegerte creando “reserva”, una sensación de seguridad. Y desde las constelaciones familiares, muchas veces cargamos lealtades invisibles: engordar para no irnos, para no brillar más que mamá, para quedarnos pequeños y no perder el amor.

Entonces la comida se vuelve abrazo. El peso, escudo. El cuerpo, escondite. Sin darte cuenta, esa grasa te protege del mundo. Te hace menos visible, menos deseable, menos expuesto. Como si dijeras: “si no me notan, no me abandonan”. Pero ese mecanismo nació cuando tenías cinco, seis, siete años. Hoy ya no eres ese niño. Sanar no es pelear con tu cuerpo ni castigarlo con dietas. Es mirarlo con compasión y preguntarte: ¿qué parte de mí todavía se siente sola?

Tal vez el cambio real comienza cuando le dices a ese niño interior: “gracias por sobrevivir como pudiste, pero ahora yo, el adulto, me hago cargo”. Y cuando te sientes seguro, el cuerpo ya no necesita esconderte. Cuéntame cómo lo viviste? Aún sigues atrapad@ en ese sentimiento? Escríbeme, te leo.

Etiquetas

Artículos Relacionados