Con el uso de las tecnologías de la información y la comunicación han llegado también nuevas adiciones que están afectando la mente humana cada vez más con mayor preponderancia en los más jóvenes, pero también en los adultos. La validación que antes se encontraba en la familia, en la escuela, en los amigos, en el grupo o en otros espacios se busca ahora en las redes sociales.
Ese afán por gustar, por caer bien y ser aceptado y validado ha adquirido otra dimensión en la ciberesfera a través del me gusta o 'like', que permite validar contenidos, productos y a las mismas personas.
La humanidad está rendida al like. Los famosos buscan likes. Los simples mortales buscan likes. Los políticos ya se engancharon en esa ola y también muchos líderes religiosos que en su afán de conectar llegan al insólito llamado de pedir likes para Jesucristo, como si él los necesitara desesperadamente.
El afán del like ha incidido en el nacimiento de influencers sobre cualquier área o aspecto de la vida personal o social. La fiebre del like ha llegado hasta los niños. Antes los infantes querían ser médicos, abogados o ingenieros, ahora su aspiración es ser influencers y vivir en un mundo virtual de admiración y lujos.
El síndrome del like no sólo está afectando la sicología humana. También está trastocando los cimientos de una sociedad que está normalizando lo anormal y banalizando el mal. Como vivimos en la era de las mentiras, de los fake news y de los trending topics, parece que todo vale para ser popular y monetizar en el cibermundo, no importa si es en base al insulto, el embuste, la obscenidad, la extravagancia, la desvergüenza o el extremismo.
Ya hemos visto a nivel mundial casos de influencers muertos por tomarse un selfie en acciones extremas para impresionar a sus seguidores. También abundan las transmisiones en vivo de actos de violencia, autolesiones y de todas las rarezas posibles que logren un mayor número de likes.
Aquí en el país, el lenguaje soez, la calumnia, la ofensa y la desfachatez para lograr rating en redes sociales lamentablemente se está convirtiendo en una cultura. Parece que se está cumpliendo el nefasto pronóstico atribuido a Albert Einstein de que un día la tecnología sobrepasaría la interacción humana y crearía una generación de idiotas.
El riesgo de la idiotez es la deshumanización y la decadencia. Ojalá la esencia humana, la humanidad nunca sea superada por un mal uso de la tecnología.
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