Comenzar una rutina de ejercicio suele ser fácil: un par de zapatillas nuevas, ropa deportiva cómoda, una playlist motivadora y la firme intención de entrenar todos los días. Sin embargo, la realidad muchas veces es distinta.
Apenas pasan unos días, las zapatillas quedan en el armario, la motivación se desvanece y la rutina planeada se convierte en una lista de buenas intenciones incumplidas. Este patrón no es producto de la falta de voluntad ni de pereza; tiene raíces más profundas en nuestra mentalidad y en cómo percibimos el ejercicio.
Investigadores de la Universidad de Michigan y la Universidad Estatal de Kent han analizado este fenómeno y encontraron que una de las principales razones por las que abandonamos el ejercicio es lo que llaman la mentalidad de “todo o nada”.
Se trata de un patrón de pensamiento rígido que lleva a las personas a considerar que si no pueden cumplir al 100 % con su plan de entrenamiento, no tiene sentido ejercitarse en absoluto. Este enfoque, que ya había sido observado en hábitos de alimentación y control de peso, ahora se confirma como un obstáculo importante para la constancia física.
Según el estudio publicado en BMC Public Health, liderado por la científica del comportamiento Michelle Segar, incluso las personas más decididas pueden caer en este patrón. Cuando el plan de ejercicios se vuelve demasiado exigente o surge algún imprevisto, la reacción automática suele ser abandonar por completo la rutina en lugar de adaptarla.
Esta mentalidad tiene cuatro pilares principales: estándares rígidos que definen lo que cuenta como “ejercicio”, búsqueda constante de excusas, baja prioridad frente a otras responsabilidades y desconcierto por la propia inactividad.
El resultado es que, aunque tengamos la intención y el deseo de ejercitarnos, la percepción de esfuerzo inmediato y la comparación con expectativas irreales nos hacen desistir. Sin embargo, los expertos no solo identifican el problema, sino que también proponen estrategias para mantener la constancia sin caer en la perfección: aceptar que “suficientemente bueno” es válido, no castigarse por no cumplir con todos los objetivos y no permitir que experiencias negativas del pasado afecten la motivación actual.
Comprender cómo funciona nuestra mente frente al ejercicio puede ser la clave para transformar la intención en hábito.
No se trata de fuerza de voluntad extrema, sino de aprender a flexibilizar los estándares, adaptarse a los imprevistos y reconocer que cada pequeño esfuerzo suma. Con este enfoque, incluso quienes han abandonado el gimnasio una y otra vez pueden construir una rutina de actividad física sostenible y beneficiosa a largo plazo.