Cada mañana, millones de personas cierran la puerta de su casa sin imaginar que, antes de ocupar su escritorio, encender una computadora, ponerse un uniforme o comenzar una jornada, ya están expuestas a riesgos que pueden cambiar el curso de sus vidas.
El trayecto hacia el trabajo también forma parte de esa historia. Un accidente de tránsito, una caída o cualquier otro acontecimiento ocurrido mientras una persona se desplaza por su ruta habitual puede convertir un día ordinario en una experiencia dolorosa. En República Dominicana, la normativa reconoce el accidente en trayecto como parte de los riesgos laborales cuando concurren determinadas condiciones, entre ellas que ocurra en la ruta y horario habitual y sin desviaciones voluntarias que rompan el vínculo con el trabajo.
Pero llegar al lugar de trabajo no significa dejar atrás el riesgo. Una escalera sin mantenimiento, un cable expuesto, una superficie resbaladiza, una silla inadecuada, una iluminación deficiente, la falta de equipos de protección o una herramienta utilizada sin las condiciones necesarias pueden parecer pequeños detalles hasta que dejan de serlo. Entonces comprendemos, demasiado tarde, que la prevención nunca fue un asunto menor.
Y existen riesgos que no hacen ruido. No tienen sirenas, no dejan escombros y, muchas veces, tampoco aparecen en los primeros informes. Se instalan lentamente en la rutina hasta confundirse con ella. Son aquellos riesgos que comienzan a parecer normales porque se repiten demasiado: la jornada que se extiende una hora más, la pausa que siempre se pospone, la presión que se convierte en costumbre, la sobrecarga que se justifica con un “hay que resolver”, el correo que llega fuera de horario, el agotamiento que se interpreta como compromiso.
Una jornada excesiva, la presión constante, la sobrecarga de tareas, la ausencia de pausas, un ambiente hostil o la normalización del agotamiento también pueden deteriorar silenciosamente la vida de quien trabaja. Lo preocupante es que estos riesgos suelen avanzar sin que nadie los nombre, porque no siempre producen una lesión inmediata ni interrumpen la jornada. Pero pueden afectar el sueño, el estado de ánimo, las relaciones, la capacidad de concentración y, con el tiempo, la salud. Por eso, una organización no debería esperar a que una persona enferme, colapse o abandone para reconocer que algo estaba ocurriendo. Cuando el desgaste se convierte en parte de la cultura, deja de ser un problema individual y comienza a revelar una falla organizacional.
La verdadera prevención comienza mucho antes del accidente. Comienza cuando una organización decide mirar las condiciones en las que trabajan sus colaboradores y preguntarse, con honestidad, qué puede hacer mejor.
Porque detrás de cada puesto hay alguien que salió de casa; alguien que quizá dejó hijos, padres, una pareja, sueños pendientes y una vida que espera verlo regresar.
Por eso, una organización verdaderamente responsable no solo protege la capacidad de una persona para trabajar; protege su posibilidad de volver a casa.
Y quizá ahí encontremos la medida más humana de una buena gestión: que, al terminar la jornada, cada colaborador pueda cerrar la puerta de su lugar de trabajo y volver a cruzar, entero, la puerta de su hogar.