El principio del fin

El principio del fin

Roberto Marcallé Abreu

MANAGUA, Nicaragua.– Estoy de pie, frente a la ventana de cristal donde impactan las ráfagas de un aguacero que comenzó hace ya muchas horas.

Telarañas luminosas en el horizonte revelan el adoquinado multicolor de las calles y el blanco hueso de las viviendas edificadas en un orden impecable.

Árboles y arbustos muy densos que en la claridad del día deslumbran por su impresionante verdor, acogen con un vago temblor el descenso de las aguas. Descargas eléctricas como telarañas luminosas se proyectan en el cielo de la noche cerrada, y el rumor de las brisas intensas me han robado muy temprano el sueño.

No dejo de pensar. Hay sentimientos dubitativos en mi espíritu. He dado seguimiento a los detalles de las revelaciones de los fiscales dominicanos sobre el entramado de la denominada “Operación Falcón”.

Asombra e impacta como cada día se revela un nuevo escándalo, este mayor que los anteriores, la fosa oscura a la que gente degradada e ilimitadamente corrupta han arrastrado por años y años a las instituciones.

Los detalles despiertan nuestros más oscuros temores. “Por años”, nos revela el periodista Yadimir Crespo, “más de veinte personas han manejado una compleja y extensa agrupación de crimen organizado que utilizaba el territorio dominicano como base para el tráfico de drogas y de armas, el lavado de activos y el financiamiento ilícito de campañas políticas”.

Si eran detenidos, obtenían su libertad sin mayores inconvenientes, se indica. Hábilmente aprovecharon la ubicación del país como “base operativa” para importar “múltiples cargamentos de cocaína que generaron cientos de bienes y millones de dólares” de los que el comunicador dice “se hayan invertidos en diversos países”.
Quizás lo más grave de estas revelaciones es el capítulo dedicado al “financiamiento de candidatos políticos”. Para lograr su incidencia en el poder, se financiaron “escaños en el Congreso, alcaldías, consejos municipales”.

El modus operandi era el soborno a autoridades y mantener bajo un esquema de terror “a cientos de ciudadanos”.
Estos delincuentes utilizaban “lanchas rápidas, lanchas deportivas, barcos pesqueros y contenedores”. Se comunicaban “mediante la plataforma BlackBerry BBM-PIN debido a los niveles de seguridad de la información, su difícil interceptación gracias al uso de “usuarios” y no de nombres propios.

Las autoridades lograron identificar “movimientos de miles de millones de pesos, en algunos casos injustificados y en otros mezclados con dinero lícito para introducirlos sin sospecha en la economía formal. El prontuario es tan extenso que resulta imposible resumirlo.

En este contexto de realidades, ¿asombran, acaso, muchas de las amargas realidades con las que tropezamos día a día en la cotidianidad dominicana? Esta confrontación carece de límites. Cierro los ojos y pienso en lo que ha sido nuestro liderazgo histórico. En los esfuerzos realizados y no realizados para frenar este estado de cosas que ahora nos estalla en el rostro. Un nivel de descomposición social sin precedentes de décadas y décadas.

Personas vinculadas a los medios de comunicación, han venido, desde hace tiempo, revelando situaciones de esta naturaleza, corriendo riesgos y peligros inenarrables.

Una decisión invaluable y sin precedentes ha sido la asumida por el presidente Abinader, la de instaurar la independencia del poder judicial. Su propósito fundamental es ponerle un freno definitivo a un nivel de degradación y depravación abismal como las que eran rutina en el régimen de los ocho años.



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Roberto Marcallé Abreu

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