El periodismo

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Un periodismo meloso, genuflexo, laudatorio, pintor de cuadros bucólicos es, por antonomasia, cómplice de los depredadores que nos saquean el futuro e impiden realizar el sueño de una sociedad dominicana fundada en la dignidad humana.

Las percepciones que crea constituyen un somnífero muy dañino que antepone los intereses individuales a las aspiraciones del colectivo.

El verdadero periodismo nunca será una mullida almohada en donde todos –sin excepción- recuestan plácidamente la cabeza.

Es, por el contrario, observación, contraste, seguimiento, criticidad, equilibrio, discernimiento, interpretación, separación del trigo de la paja y, en consecuencia, dolor de cabeza para algunos y satisfacción para otros. No es posible hacer buen periodismo sin que alguien salga pellizcado.

Desde la comunicación corporativa – a la que me condujo la barca del ejercicio profesional- me resulta más retador tener como contraparte un periodismo quisquilloso que uno anodino, porque conlleva a la creatividad, la inventiva y la estrategia para montar mi verdad (ella siempre existe fragmentada y en forma relativa) sobre las otras verdades.

Pero vamos a este punto. Tampoco debemos ignorar que existe una simbiosis perversa en cierta práctica periodística compuesta por un simulado apego a los hechos, un revestimiento ético falsificado, una firmeza teatral, un discurso con valores de plástico y una industria del chantaje estructurado.

No nos llamemos a engaño: la mafia periodística existe aquí y en cualquier parte del mundo. Es un tema complejo y, diría yo, inabordable en los foros de la comunicación.

Los tres escenarios anteriores me convencen cada vez más que lo peor que le puede pasar al periodismo es vivir desregulado y con impunidad desbordada, intocable como si se tratara de un ejercicio de dioses inexpugnables, en una especie de Olimpo sin conexión con el orden legal e institucional o fuera del contrato social.

El periodismo es la profesión más pública del mundo y no debería funcionar con patente de corso, pero tampoco coartado por los poderes de cualquier naturaleza.

Es un gran reto lograr ese balance, sobre todo porque –como el ajedrez borgeano- en mi profesión no siempre se sabe qué dios detrás de Dios la trama empieza.