El Papa reclama la paz
Al tratar de ilustrar la ineficacia de un esfuerzo, algunos recurren a la expresión “arar en el mar”, o en el desierto. En el primero de los casos es la pérdida total del trabajo; en el segundo, la inversión de recursos llega a ser tan grande que no vale la pena.
Es lo que parece estar sucediendo con los llamados a la reflexión del papa León XIV, que no se cansa de invitar a la reflexión a quienes insisten en la guerra.
Su advertencia acerca del aumento del odio en el mundo es sensata, particularmente porque la confrontación puede llevar a una vorágine irreparable, como planteó esta semana a su salida de Castel Gandolfo, la residencia a donde van los papas a descansar.
¿Qué les impide a otros líderes mundiales advertir lo que para el papa León XIV está a la vista?
La soberbia, la arrogancia —hibris—, como ayer advertía uno de los invitados al Almuerzo del Grupo de Comunicaciones Corripio, que invariablemente lleva al castigo.
Pueden llegar a ser grandes las dificultades para callar las armas después de haberles dado la palabra. Y más difícil aún, curar las heridas y sacar el odio de las mentes y los corazones, el cual puede mantenerse por generaciones.
“Está aumentando el odio en el mundo”, advertía el Papa en sus comentarios acerca de la escalada de la guerra en Medio Oriente.
Con lo poco que hemos tenido desde la semana pasada, en Irán y su entorno, parece inevitable que efectos económicos indeseables, como el de la inflación y tal vez el desabastecimiento, se manifiesten por todas partes.
Los altos precios del petróleo son un disparador de la carestía de la vida, un ingrediente indeseable en el plano político de cualquier país, sea parte o no de un conflicto internacional como el que mantiene al mundo en vilo.
