Un tribunal, de los del Distrito Nacional, ha condenado a dos años de prisión a un hombre que conducía un vehículo de motor y al llegar a una intersección, en la que el paso era controlado por un semáforo, ignoró la luz roja y atropelló a un agente de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre.
De acuerdo con las referencias del caso contenidas en una nota hecha con bastante economía de detalles, el conductor se cargó la luz roja en una intersección del ensanche Luperón, de la Capital.
Un agente de la Digesett que por allí estaba le mandó que parara y el conductor hizo como que iba a detenerse, pero aceleró de repente, atropelló al policía de tránsito y huyó.
Hechos de este tipo son parte, se puede decir, de la atmósfera de situaciones de riesgo que rodea a todo el que se aventura en calles y carreteras en cualquier parte del país, pero particularmente en los grandes centros urbanos.
El castigo ejemplar de este comportamiento se impone ahora como un posible disuasivo, con tal de que la mirada de la autoridad se extienda por todas partes y durante tanto tiempo, que tengamos que cambiar como una forma de escapar de ella.
A la condena de dos años de prisión la acompaña el decomiso del vehículo de motor a favor del Estado y una indemnización a la víctima. Fue impuesta por la Octava Sala Penal del Juzgado de Primera Instancia del Distrito Nacional.
De habérsele aplicado una condena de diez años, viable bajo las disposiciones del antiguo Código Penal, la posibilidad de que el infractor se viera privado de libertad por un período un poco más extendido tal vez hubiera hecho de este un caso sonoro en la opinión pública.
Pero el fiscal pidió dos años de prisión y bajo un sistema de justicia rogada el tribunal no podía ir más allá. Perdimos la oportunidad.
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