El milagro de ser papá

¿Qué estamos haciendo con la democracia?
Claudio Caamaño Vélez

Tener un hijo nos permite conocer una nueva dimensión del amor de Dios. Quizás lo que más se parece al amor de nuestro Padre celestial es ese amor inmenso, incondicional y difícil de explicar que podemos llegar a sentir por un hijo.
Cuando mi pareja me dijo que estaba embarazada sentí una enorme alegría, pero también mucha incertidumbre. Era el inicio de algo completamente nuevo para mí, y con la emoción llegaron también preguntas y temores.

Cuando, en el mismo quirófano, vi por primera vez el rostro de mi bebé, mi corazón latió con fuerza. Estaba ahí, mi hijo, la continuación de mi vida. Lloré, pero lloré de alegría, de una felicidad que hasta entonces no conocía.
Tener un hijo cambia por completo nuestro esquema de prioridades. Ese pequeño ser pasa a convertirse en lo más importante, lo más trascendente, lo más valioso.

Apenas tengo una semana viviendo este sueño. Cada vez que contemplo su carita doy gracias a Dios por esta dicha y por haberme concedido semejante oportunidad.

A veces lo miro fijamente y pienso en el hombre en que habrá de convertirse, y también en mi deber de transmitirle lo mejor de cuanto me enseñaron mis padres y de todo lo que la vida me ha permitido aprender.

Ser padre es lo mejor que me ha pasado. No me canso de dar gracias a Dios.
Algún día mi pequeño aprenderá a leer y encontrará este artículo. Quizás vuelva a leerlo muchos años después, cuando tenga sus propios hijos. Entonces comprenderá plenamente estas palabras y conocerá, por sí mismo, el maravilloso milagro de ser papá.