*Por Luis de Jesús Rodríguez
Hoy vuelve la vida laboral. Vuelve el calendario, vuelven los pendientes, vuelve la tentación de empezar corriendo. Pero si arrancas el año solo reaccionando, te pierdes el mejor regalo que puedes darte: decidir.
La mayoría de emprendedores no se estanca por falta de talento; se estanca por exceso de asuntos abiertos. Hay una, dos, quizá tres decisiones que llevas meses —a veces años— postergando. No porque no sepas qué hacer, sino porque sabes lo que implica.
Esas decisiones no son “tareas”; son puertas. Y casi siempre están custodiadas por el miedo: miedo a perder, a equivocarte, a decepcionar, a cambiar una identidad que ya se siente conocida.
Conviene tratar el miedo con respeto, pero no con obediencia. En mi experiencia, el miedo ha sido un indicador confiable: cuando algo me asusta en proporción a su importancia, rara vez es una señal para huir; suele ser una señal para mirar con mayor claridad.
De hecho, cuando finalmente he tomado una decisión que venía postergando, he sentido algo inesperado: alegría. No una euforia superficial, sino una alegría serena, como si la mente dejara de cargar un peso silencioso. Decidir me ordena por dentro y me devuelve soberanía.
En términos de negocio, la indecisión crea deuda: deuda de atención, de tiempo y de confianza. Un asunto sin decidir cobra intereses en forma de rumia mental, reuniones innecesarias y microdistracciones.
Decidir, en cambio, es asignar capital: elegir qué proyecto vive, qué iniciativa muere, qué estándar se eleva y qué hábito se elimina. La claridad no aparece primero; aparece después del corte. Una decisión no es un deseo: es un compromiso verificable, con un “sí” o un “no” que se puede ejecutar.
No es casual que decidir provenga de la idea de cortar y separar. Decidir es cerrar caminos para poder caminar uno. Mientras mantienes todo abierto, sientes libertad, pero pagas con dispersión. Cuando cortas, ganas foco. Y el foco es una forma de paz.
Para convertir esto en práctica, piensa en dos decisiones-regalo. Primero, decisiones negativas (vía negativa): dejar de hacer lo que te frena. Hábitos, compromisos, distractores o rutinas que drenan tu mejor energía. Segundo, decisiones afirmativas: iniciar lo que te eleva.
Una conversación pendiente, una reestructuración, un proyecto, un cambio de estándar, una inversión en lo esencial.
Antes de que la semana te absorba, haz esto en diez minutos: escribe tus tres decisiones postergadas. Marca la que más miedo te da. Luego completa, sin negociar:
Hoy corto con: _.
Hoy comienzo con: _.
Y da un paso concreto: pon la decisión en tu agenda con fecha y acción (una llamada, una reunión, una cancelación, un “no” formal). No necesitas resolverlo todo esta semana.
Pero sí necesitas decidir. Porque el año no cambia cuando cambia el calendario; cambia cuando tú cortas y avanzas.