¡El lobo! ¡El lobo!

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Se actuó con ligereza cuando se habló de una supuesta conspiración para alterar el orden público, implicando en la velada acusación a los partidos políticos de oposición al Gobierno.

Ciertamente, hubo ligereza e irresponsabilidad de parte de algunos medios de comunicación y uno que otro organismo oficial del Estado, que lanzaron la bola sin sustentar con pruebas sus “denuncias”, incluyendo al estamento policíaco-militar que tiró sus hombres a las calles con un operativo identificado con el nombre de Jurón.

Todo se volvió sal y agua. Fue, sin embargo, un juego peligroso.

Es oportuno recordar el cuento del mozuelo a quien le gustaba asustar a los pastores que cuidaban las ovejas, gritando: “¡El lobo, ahí viene el lobo!”, con lo que todos salían huyendo despavoridos, mientras él se moría de la risa. Pero tanto repitió el mozo su chistecito, que al final ya nadie le creía. Y cuando el lobo apareció realmente, como nadie atendió a las advertencias del bromista, la fiera mató indistintamente a ovejas y pastores.

Aprendamos la lección: las falsas alarmas nunca terminan bien. No juguemos con candela, que en una de esas podemos quemarnos.