Hace apenas unas horas que concluyó la XXVIII Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026 y, habiendo agotado una amplia y diversa agenda alrededor del libro, la lectura y la literatura, quedan las alegrías, la satisfacción del deber cumplido y, por supuesto, los retos y objetivos por alcanzar. Me permito, en el presente trabajo, más allá de brindar una crónica sobre los once días de feria, abundar sobre la continuidad de un ejercicio cultural que inició con entusiasmo la noche del 23 de septiembre en el Teatro Nacional.
Cada año, cuando la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo abre sus puertas, la ciudad cambia de ritmo. Durante unos días el libro ocupa el centro de la vida pública: se celebra, se le discute, se le compra y se le regala. La vigésima octava edición ha confirmado una tradición que pertenece al patrimonio afectivo de los dominicanos. Pero toda celebración encierra preguntas, y la de esta feria es exigente, por demás: ¿qué ocurre con el libro cuando se apagan las luces de los pabellones?
Una feria es, esencialmente, un acontecimiento. Tiene fecha de inicio y de clausura, programa, invitados, conferencias, charlas, cifras, estadísticas, etc. El libro, en cambio, es permanencia. No vive en el calendario sino en la costumbre; no se mide en visitantes sino en lectores. La feria es el día de fiesta de la lectura. Pero, lo que de verdad decide el destino cultural de una nación, son los trescientos y tantos días restantes.

La República Dominicana fue concebida y ponderada en páginas antes de ser proclamada en plazas y espacios públicos. La generación que soñó la independencia se formó leyendo y enseñando a leer. Más tarde, Salomé Ureña hizo de la poesía una pedagogía cívica; Eugenio María de Hostos convirtió el aula en taller de ciudadanía; Pedro Henríquez Ureña nos enseñó que la cultura también es disciplina, esfuerzo sostenido hacia la perfección posible. Ninguno de ellos concibió el libro como un objeto exánime. Lo entendieron como instrumento de emancipación, cambio y evolución humana.
El libro y lectura como política de Estado
Una política del libro que se agote en la organización de un gran evento anual sería un ejercicio incompleto. La feria debe ser el punto más visible de un sistema, no el sistema en toda su extensión. Detrás de ella tienen que estar la biblioteca pública que abre diariamente, la escuela donde el maestro lee en voz alta material atractivo y atrayente, la librería de barrio que resiste, la editorial que apuesta por un autor desconocido, y el hogar donde un niño ve leer a sus mayores con sistematicidad.
Un lector no nace en la feria. Nace mucho antes, en un gesto íntimo y casi siempre anónimo: la madre que cuenta una historia, el abuelo que guarda un tomo gastado, la profesora que presta su ejemplar. La feria puede deslumbrar, atraer, estimular, pero solo el hábito forma. Por eso el verdadero desafío no es llenar los pasillos durante unos días, —que en efecto abarrotamos en la Plaza de la Cultura—, sino lograr que quien salió con un libro bajo su brazo vuelva a abrir otro a la semana o el mes siguiente; que el interés por una historia ficcionada o no, te conduzca irremediablemente a seguir hurgando más.
Desde el Ministerio hemos impulsado la descentralización cultural procurando que este importante evento literario, como lo constituye la Feria Internacional del Libro, continúe reproduciéndose en escalas más modestas en otras regiones del país. De ahí iniciativas como la Feria Regional del Cibao; festivales culturales como el de Región Enriquillo; Este Festival para las provincias del Este o Cultura en el Sur para las demarcaciones de esa prolífica región de la República. El libro debe ser conducido, también, a través de los clubes de lectura comunitarios, talleres literarios, etc.
Lo mismo vale para la diáspora. Poco más de tres millones de dominicanos viven fuera del territorio nacional, y muchos de los que componen las generaciones migrantes conocen la patria por referencia ancestral. El libro ha de ser la más expedita forma de regreso. Cada obra dominicana que circula en Nueva York, en Madrid o en Puerto Rico es un puente tendido entre generaciones y geografías. Cuidar a nuestros autores es también entender el significado de ese vínculo.
El libro como ente de la economía cultural
Dentro de la amplia concepción del libro hay una dimensión que no debemos subestimar: el libro es también economía, trabajo y creación de valor. Detrás de cada título hay autores, editores, correctores, diseñadores, impresores, distribuidores y libreros. Fortalecer esa cadena productiva habrá de robustecer toda una industria cultural con rostro propio, capaz de contar al mundo quiénes somos con nuestras palabras, inventiva y argumentaciones.
Por ello, la política del libro debe sostenerse sobre un propósito colaborativo. Al Estado le corresponde garantizar el acceso, promover las bibliotecas y estimular la producción editorial. A la escuela, sembrar el gusto antes que la obligación. Al sector privado, entender que invertir en lectura es construir ciudadanía y, a cada familia, reservar un espacio, por modesto que sea, para ese objeto silencioso que tanto ha hecho por la libertad humana.
Celebremos, pues, la conclusión de la XXVIII Feria Internacional del Libro de Santo Domingo con la alegría que merece, agradeciendo a los miles de estudiantes que asistieron con entusiasmo; a las familias que abarrotaron cada uno de los espacios dispuestos; a la comunidad académica e intelectual por su apoyo a este esfuerzo cultural; a Panamá como país invitado, y a don José Mármol por ofrecernos una prodigiosa carrera literaria.
No olvidemos que el libro adquiere mayor sentido cuando la feria termina: en la casa, en el aula, en el barrio, en la conversación de un país que decide leerse para comprenderse. Esa es la feria permanente, la que nos hará mejores.