Domingo, 22 de septiembre, 2019 | 6:58 am

El legado de la doctora Marcallé



Pocas, contadas veces, pensamos en la muerte como un tema que nos concierne, que está relacionado con nosotros.

Solo que ella está en todas partes, en las vidas y acciones de cercanos y lejanos aunque, con frecuencia, creemos que nunca nos tocará.

Es lo que pienso mientras observo, perplejo y desconcertado, la imagen de mi hermana Zoila en la capilla ardiente del Jardín Memorial.

Hijos, amigos, compañeros de trabajo, pacientes y conocidos, hemos vivido un proceso amargo y traumático. Ella nos ha dejado.

Lo simple se vuelve ininteligible porque es lo que somos, un universo de complejidades. No hay certeza alguna en las eventualidades o los desenlaces.

La muerte siempre ha estado ahí, puede que se aproxime o se distancie hasta hacerse borrosa, inaprehensible, pero nunca desvía su mirada, su solemne y callada vigilia, su espera. Somos su propiedad.

La observo recostada en el féretro, hay muchas flores y la intensidad de su aroma es como una voz de consuelo. Zoila va vestida de blanco.

Ojos y labios cerrados, el cutis impecable. Su expresión es de imperturbable tranquilidad. Apreciarla así, silenciosa, distante, nos desborda.

Dolor, lágrimas, gran sufrimiento, esta es la última vez. No puede ser. Éramos los únicos hermanos de cinco a los que les dieron la existencia Pablo Marcallé y Aurelia Abreu. Los otros ya dejaron este mundo por causas increíbles o inesperadas.

Salgo y miro hacia el horizonte exterior. Es un lugar hermoso, hay árboles, arbustos y flores por todas partes. El orden es admirable, igual las atenciones, la presencia del personal que no nos abandona ni un momento.

Nubes grises oscurecen el día de repente, que ahora es como un amanecer o un atardecer. Se desata un aguacero terrible, se escuchan truenos, la brisa es impetuosa, hay telarañas de luz que golpean el horizonte con un ruido estremecedor. El mundo se despide.

Cierro los ojos. Era una mujer de carácter enérgico, pero de una dulzura y una alegría que será imposible olvidar. Una lectora culta y empedernida.

Un ser humano muy sensible. Se graduó con honores como doctora en Medicina en la Universidad del Estado e hizo tres maestrías en el exterior. Hizo decenas de amigos y ayudó a un número inestimable de personas.

Fue su selección el Jardín Memorial como el lugar en que reposarían sus restos. Una de sus razones: las violaciones y robos del mausoleo de nuestra familia en el cementerio de la avenida Máximo Gómez. Ya quebrantada, me confesó que pensaba retirarse a vivir sus últimos años en Estados Unidos, con sus hijos Sonia Aurelia y Rigo, y sus nietos.

“Me duele decirlo, pero este país se ha transformado en algo realmente insólito”, dijo. Sentía aprensión por el futuro, los apetitos desatados, la pobreza abrumadora, las necesidades insatisfechas y la indolencia.

Una vez a la semana predicaba en una Iglesia Adventista de Villa Juana, que es la barriada donde nacimos. Hacía énfasis en las distorsiones del mundo digital y demandaba de los adultos hacer el bien y “proteger a los niños de una prédica que les altera su sensibilidad y liquida sus atributos humanos”.

Tratar con tantas personas vulnerables la hacían quejarse del sufrimiento de los demás. Zoila, mi querida y única hermana, se ha ido. Por lo que ella vio, vivió y padeció, es ahora mayor mi personal compromiso de defender a quienes sufren y padecen. Ese es su legado.

Nuestro más profundo agradecimiento a los directivos del Centro Médico Vista al Jardín, a todos sus doctores, asistentes, amigos y relacionados quienes ofrecieron amorosamente su respaldo y apoyo, a sus hermanos de la Iglesia Adventista Dominicana, y a las maravillosas atenciones del personal del Jardín Memorial, especialmente a Gianna Cruz.

Roberto Marcallé Abreu

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