El lechero y los sueños
Quienes leyeron esta columna el martes recordarán que tuve unos hermosos sueños hasta que el lechero llegó haciendo ruido, despertándome y haciéndome volver a la dura realidad.
Algunos lectores (los más jóvenes) me han preguntado qué es eso del lechero, pues desde que tienen memoria la leche se compra en los supermercados.
Me siento, pues, en la obligación de explicarles que en los días de mi niñez (y sobre todo en los pueblos, de donde yo provengo), la leche era repartida a domicilio, puerta por puerta, recién ordeñada, por esos personajes del pasado que eran los ruidosos lecheros.
Pues bien, es bueno que sepan los que todavía me siguen leyendo, que después de haberse marchado el lechero del martes volví a caer en brazos de Morfeo y soñé cosas maravillosas que no habían aparecido en mi sueño anterior.
Soñé, por ejemplo, con una distribución equitativa de las riquezas del mundo, con una sociedad más tolerante en las diferencias, con salud para todos y en la cual la comida no era un lujo.
Soñé con calles sin muchachitos pidiendo en los semáforos y con un país donde los seres humanos se amaban y respetaban unos a otros. Soñé, en fin, con una nación civilizada.
No fue necesario otro lechero para despertar.