El furgón de justicia
El desarrollo tiene muchos amigos, demagogos y vendedores de ilusiones. Tiene a quienes se preparan dentro y fuera del país.
Hablan idiomas universales, dicen entender la tecnología de la información, acumulan determinados conocimientos científicos y tecnológicos, relaciones y recursos.
Fomentan los espacios y eventos de discusión, donde, sobre todo, pueden exhibir esas altas e innegables dotes, sin réplicas incómodas e irrespetuosas para tan altas majestades.
Estos amantes del buen saber encuentran sus bufones, sobre todo cuando pueden manejar y determinar la amplitud de la nómina pública, por el poder que detentan en un momento determinado.
Estos lava sacos del poder, pierden la cabeza o esconden sus neuronas, autenticidad e identidad cuando son favorecidos con altas funciones públicas. Se convierten en enanos del intelecto, serviles amanuenses y penosos voceros y ejecutores de políticas negadoras del desarrollo.
Con las excepciones de quienes sinceramente creen en el desarrollo, el ejemplo del endoso ciego al poder lo han dado los legisladores actuales, que arrodillados y arredrados al Ejecutivo, han permitido que se promulgue un presupuesto que subvierte el orden constitucional, impidiendo a los ayuntamientos realizar adecuada y eficazmente sus funciones, de apoyo al desarrollo local; que la educación sea una verdadera apuesta para superar nuestra lastimosa pobreza, la que mata, como lo vemos todos los días; y que la Justicia deje de ser administrada en furgones, con limitaciones de todo tipo para jueces, fiscales, abogados y personal administrativo, como los de la provincia Santo Domingo, entre tantos en el país.
Los servidores judiciales, a pesar de su compromiso con el correcto y eficaz desempeño, ven, como los usuarios del servicio judicial, agotadas sus esperanzas, puestas en hombres y mujeres que hablan muy bien del desarrollo, pero que con sus hechos lo estrangulan. Es tiempo de recapacitar y sacudirse. Quiero seguir creyendo en usted, Presidente.
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