Lunes, 25 de marzo, 2019 | 11:51 pm

El espejo brasileño



El amplio triunfo electoral de Jair Bolsonaro en Brasil era esperable. Mas por mucho que haya quienes intentan tapar el sol con un dedo, es un desastre que la cuarta democracia más poblada del mundo cayera en manos de un hombre que reivindica la tortura y el asesinato político.

Y no solo para los brasileños, sino también para sus vecinos cercanos y lejanos. La historia demuestra que los movimientos autoritarios pueden ser contagiosos.

Las democracias se oxigenan mútuamente; cuando falla un pulmón, el cuerpo entero sufre.

Toca a los brasileños buscar el camino de salida de su laberinto. A nosotros, poner las barbas en remojo y mirarnos en el espejo de Brasil por más de una razón.

Desde hace algunos años, el sistema político brasileño está siendo sacudido por escándalos de corrupción que deterioraron aun más el prestigio de la clase política y de un Partido de los Trabajadores que no logró gestionar correctamente la crisis económica. Sin embargo, como dije hace unas semanas, hay un elemento relacionado con lo anterior, pero distinto: el uso político de la lucha anticorrupción.

Las causas, por ser buenas, no están exentas de un uso dañino. Esto ocurrió en Brasil, donde un proceso penal sesgado tuvo como consecuencia la inhabilitación de quien podía vencer a Bolsonaro.

Según la prensa brasileña, el instructor Moro, que durante el proceso mantuvo actitudes incompatibles con su función, se apresuró a felicitar por su triunfo al principal beneficiario político de sus actos.

Moro fue la punta de lanza de un proceso en el que los sectores conservadores usaron la persecución judicial selectiva para anular a sus adversarios socialdemócratas. Solo que esa apuesta salió mal, como suele pasar en casos de este tipo.

El resultado fue el desmonte del sistema democrático, y el vacío trajo lo impensable.
Lo mismo aplica para la República Dominicana.

Debemos tener cuidado de que la justicia de la causa nos lleve a considerar que todo vale, y que después del colapso vendrá la purificación. No es así; le sigue la peste.

De su parte, los políticos deben prestar atención a lo que está ocurriendo. Su tendencia al cortoplacismo los lleva a tener una cuota de responsabilidad determinante en este tipo de resultados.

En sus manos está atender los reclamos de una ciudadanía que se harta del “statu quo”, de las formas habituales de hacer las cosas.

El objetivo principal de la administración de la crisis de confianza que documentan las encuestas no puede ser la preservación de los partidos, sino el fortalecimiento de la democracia en sus sentidos material y formal. Cada día es más escasa la oportunidad de actuar.

Si no lo hacen a tiempo, podemos asegurar que el juicio de la historia será severo.

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