Jueves, 17 de octubre, 2019 | 3:17 pm

El desfile, ¿de quiénes?



La poesía constituye la más alta expresión del espíritu por medio del sistema simbólico por excelencia de una sociedad y una cultura, que es la lengua.

Ese carácter simbólico la empuja a un tipo de relación complejo y tirante con el paradigma símbolo-realidad, o bien, imaginación-mundo, palabra-objeto.

De ahí que algunos estudiosos del nivel lingüístico de la poesía hayan asumido que una expresión, una manifestación del lenguaje humano, una escritura es poética en mayor o menor grado, conforme su sentido, su significado se desvíe o no de los referentes reales.

La estrategia del poema descansa, pues, en una luxación de sentido, en una zafadura de lo literal, en una desviación del significado lógico de lo que dice.

Cuando el poeta y ensayista ruso, judío y acmeísta Ósip Mandelstam (1891-1938) emplea en un poema la imagen de los dedos gordos, que parecen grasientos gusanos, de las manos de un individuo con poder, cuya risa aletea bajo unos bigotes de cucaracha, al que llama montañés del Kremlim y osetio, es decir, bruto, simboliza al sanguinario dictador del Soviet Supremo Iósif Stalin (1878-1953).

No sospechó el viacrucis que, como consecuencia de una lectura interesada, ideológicamente luxada (desviada, intrigante, desleal y mezquina, zafada de otro posible sentido derivado del verso) ese texto le signaría como fatal destino, con condenas, persecuciones, vejaciones, exilio, despojo de su condición de ciudadano de un Estado y marginación estigmatizada de los círculos artísticos e intelectuales de la época. Al leerlo en su círculo de amigos escritores, todos temblaron de miedo.

Sobre todo, Boris Pasternak (1890-1960), quien no hizo suficiente, a pesar de su influencia en el Estado, para proteger al poeta.

La poesía auténtica será la expresión estética de una resistencia, a veces sutil y otras veces enérgica, contra los poderes fácticos y las ideologías dominantes. El poema de Mandelstam se propagó, “sotto voce”, bajo el nombre de “Epigrama contra Stalin”.

En su vibrante poema “Las metamorfosis de Makandal” (1999), nuestro extraordinario poeta, dramaturgo, prosista y músico Manuel Rueda (1921-1999), además de desmitificar el prejuicio de la condición de rayano del habitante fronterizo de nuestro país, monta, en una parte singular del extenso poema, una pasarela simbólica que llama “El gran desfile”, en la que trasluce su rebeldía contra el poder y su irónica, sarcástica acepción del poder mismo en distintos órdenes.

Escribe: “La rata nacional/ de pie sobre su ratonera/ la rata de bicornio/ la rata tartamuda/ la rata epiléptica/ la rata ciega./ ¿Qué podemos hacer/ con tantas ratas de minucioso tránsito/ por los pasillos del Palacio?”. Y más adelante: “Porque la esperanza de la rata/ es el soborno de la Paz./ Somos el rezo de la rata/ en los pasadizos subterráneos/ de la célebre Ciudad Colonial”.

Y continúa el poema: “Con todos mis sermones/ he formado los trenos del papagayo/ y las consejas de la gallareta/ y las blasfemias del orangután/ y los dislates del ovejo/ y los estigmas del puerco espín/ y los culebreos de la atarraya/ y los soponcios de las patrióticas pajuilas/ que todavía no han aprendido el Himno Nacional./ Allá bajo las palmeras de la gran avenida/ desfilamos/ ratas inmaculadas/ uniformadas de blanco/ marcando el paso al son de las chatarras/ municipales/ e hicimos el saludo ante la rata cubierta/ de charreteras/ en cuyo bicornio flameaba una hecatombe/ de garzas y flamencos policromados”.

El fragmento del poema de Rueda hunde su escalpelo crítico en las entrañas de la degradación del ejercicio del poder, contagiado del tufillo y el moquillo propios del autoritarismo, la sed desértica de narcisismo y el hambre insaciable de enriquecimiento personal que lo han acompañado a través de la historia.

Publicidad