El centro de Puerto Príncipe convertido en el refugio de los sin techo

PUERTO PRINCIPE, Haití.- Al pie del "Cimarrón desconocido", estatua que simboliza la revuelta de los esclavos haitianos, Jonas Desané está ocupado clavando tablas y estirando lonas para su improvisada casa en la acera de la majestuosa plaza de Champs de Mars, en el centro de la capital.

Construida en 1954 para celebrar los 150 años de la independencia haitiana, esta extensa plaza de césped, adornada de buganvillas multicolores, era un popular sitio para tranquilos paseos con el augusto Palacio Presidencial en el horizonte.

Un mes después del terremoto del 12 de enero, la plaza ahora alberga un enorme campamento nauseabundo donde decenas de miles de personas sin techo montaron unas contra otras improvisadas tiendas de campaña bajo el sol tropical. El ala este del Palacio Presidencial está colapsada, con los escombros cubriendo su vasto parque.

El presidente René Preval debió abandonar este sitio, que amenaza con derrumbarse, y la imagen del edificio inmaculado ahora en zozobras dio la vuelta al mundo como emblema de la tragedia que cayó sobre la capital haitiana. El sismo causó la muerte de más de 200.000 personas y dejó más de un millón de gente sin hogar.

"Mi casa está en ruinas y nadie nos puede prohibir que construyamos una casa acá", explica Jonas Desané, de 25 años, que planea vivir con su mujer y su hijo de tres años en este pequeño espacio.

"No nos han dado agua, ni comida, ni siquiera una tienda", afirma Desané alentado por otros. A falta de dinero para reconstruir su casa Jonas no tiene "ni la menor idea" del tiempo que deberá acampar al pie de la estatua emblemática de Haití. Sobre las rejas del monumento piramidal previsto para celebrar el 200 aniversario de la independencia en 2004, y jamás terminado tras la salida del presidente Jean Bertrand Aristide, la ropa cuelga por todas partes.

Unos metros más lejos un grupo de niños se lavan en una fuente y las mujeres usan el pavimento como plancha para lavar las prendas de vestir. Infestado de moscas, el Champ de Mars apesta a una mezcla de basura y materia fecal.

Louis Kebeaux está acostado sobre una lona blanca, apoyado sobre el codo, junto a su mujer, su hija y un recién nacido. Cuatro palos y una manta señalan el pequeño espacio que ellos llaman hogar. Exhibiendo su pasaporte estadounidense, Luis dice que tiene un trabajo en Miami.

"Con la catástrofe, pensaba que los dejarían entrar, pero los norteamericanos dijeron que ellos primero necesitan tener sus pasaportes", dijo Kebeaux señalando a sus seres queridos. "Con todo esto, eso podría tomar cuatro o cinco meses". Un poco más adelante, Jennifer-Leocardie Dufresne, de 21 años, se considera afortunada: ella y su familia se las arreglaron para conseguir una tienda.

"Tuvimos que hacer de todo para conseguirla, en la Embajada Francesa se instaló una comisión con una lista de nombres", dijo esta estudiante de negocios cuyos planes fueron suspendidos de manera indefinida tras el sismo.

Sus padres, que trabajan en el hospital Canape-Vert, "se han ido a visitar algunos amigos". "Mientras yo me tuve que quedar acá con mi hermana menor", relata. Tienen poco para entretenerse.

Su casa fue reducida a escombros y hay poco que pueda salvarse, ni siquiera un libro. En las calles cercanas, el Palacio de Justicia y los ministerios de Finanzas, Comunicaciones y Obras Públicas son pilas polvorientas de concreto, acero retorcido, papeles y muebles destruidos.

Todo alrededor, los mismos campos de refugiados con sus montañas de desperdicios y basura.

Detrás de una estantería con cereales en caja, latas de salsa de tomate y espaguetis, Linda Bearthelemy, de 30 años, perora con compradores. Como otros dueños de pequeños negocios en Puerto Príncipe, recogió todo lo que pudo de su comercio tras los golpes del sismo y los saqueadores. Ahora vende el azúcar al doble del precio que el mes pasado.

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