El caos del transporte: Choferes víctimas, no victimarios
La libertad de tránsito es un principio universal de derecho consagrado en nuestra constitución, toda persona que se encuentre en territorio nacional tiene derecho a transitar, si esto no ocurre los choferes del transporte público, son los chicos malos, a los que hay que desterrar, a esos abusadores, bandidos y realengos. Tanta rabia da el problema de los carros, guaguas públicas y motoconchistas, que todo lo feo que se diga de ellos debe entenderse como verdad de perogrullo.
¿Pero quiénes son estos degenerados trabajadores del volante? Hasta hace un tiempo, el joven que se le dificultaba obtener una formación académica para la vida, se enganchaba a guardia o policía pero, subido los estándares, detrás de mejorar el perfil de esas instituciones, el residual de, sin oficio, excluido, sin otra posibilidad, se mete a transportista de pasajeros, lo que hace de esta actividad un problema social.
¿Debemos nosotros cargarle todo el dado a estos desamparados de la fortuna que se la buscan a uña y diente día a día en las calles dominicanas? Les confieso que lo menos que le desearía a una persona que yo quiera es verlo de chofer de pasajeros.
¿Cuánta responsabilidad tiene el Estado y la sociedad en general de este desorden? ¿Cuántos poderosos viven de el? Personalidades y medios de comunicación acusan a los choferes de ser dueños del país, esta gran mentira es una cortina de humo. A costa de estas falsedades se han justificado a través del tiempo una gran cantidad de órganos para controlar el transporte, que al final sólo sirven para afortunar burócratas o pagar favores.
Una breve mirada y veremos cuántos órganos rigen y viven del transporte: Autoridad Metropolitana de Transporte (AMET), Oficina Metropolitana de Servicios de Autobuses (OMSA), Consejo de Administración y Regulación de Taxis (CART), Consejo Nacional de Transporte (RENOVE), Oficina para el Reordenamiento del Transporte (OPRET), Oficina Metropolitana de Transporte de Santiago (AMETRASAN), Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones, Dirección General de Tránsito Terrestre, Dirección General de Carreteras y Caminos Vecinales, Dirección General de Mantenimiento de Carreteras y Caminos Vecinales, Dirección General de Control Mantenimiento y Supervisión del Sistema de Peajes Nacionales, Dirección General de Equipo y Transporte, Dirección General de Embellecimiento de Carreteras y Avenidas de Circunvalación, Oficina Técnica de Transporte Terrestre (OTTT), Asesoría de Transporte del Poder Ejecutivo.
Agreguemos además dos que están en el boletinero, Dirección General para el Mantenimiento y Operación de Metros Múltiples y Dirección General de Rutas Alimentadoras del Metro y quién sabe si además se crea la Dirección General de Mantenimiento de Túneles y Pasos a Desnivel, que ya es una necesidad. Dejemos tranquilos el cartel de transporte de carga.
Visto esto podemos afirmar que el sector choferil es talvez carne podrida de la sociedad pero que su existencia la fomenta y estimula una burocracia rapiñosa y carroñera que sobrevive gracias a este sector víctima de la marginalidad.
Los verdaderos dueños del país, los inocuos alcahuetes, manejadores de la opinión pública desde el ámbito de la propiedad privada, los que persiguen la exclusividad desde el poder inocente, los que dirigen el Estado en sus diversas instancias de control y la clase política; son los reales responsables del camino desigual en que crece la miseria, cara visible del poder concreto que finge ser abstracto.
Si no tomamos correctivos, esta sociedad está llamada a la derrota, y cuando se trata de derrota la menos importante es la militar. Grande es cuando una sociedad tiene que rendirse política, económica y moralmente, esta última fatal, pues es definitiva, materialmente irreversible.
Los candidatos a la presidencia de la República con posibilidades, deben evaluar hacia futuro como paran esta gangrena y cortan por lo sano. Solo ahí se vale prometerlo todo y no cumplir nada.
¿Qué preferimos? Gastar miles de millones en una burocracia purulenta, dar miles de millones en exoneraciones que enriquecen a unos gánster disfrazados de sindicalistas-empresarios o subsidiar a trabajadores del volante para convertirlos en ciudadanos útiles e integrarlos al trabajo productivo, porque el desastre del transporte donde ellos se engancharon, es una actividad insostenible y sin futuro que crea incertidumbre, en una economía de servicio en la que enganchamos el país.