A finales de julio pasado circuló profusamente una información de la FAO según la cual República Dominicana había logrado reducir la prevalencia de la subalimentación por debajo de la línea internacional que define la condición de hambre.
Para alcanzar la producción, disposición y distribución de alimentos de modo que una parte mayoritaria de la población tenga acceso a ellos, sea por medios propios o mediante políticas de asistencia, es necesario contar con tierras productivas y con el agua indispensable para mojarla en cualquier circunstancia o bajo condiciones especiales.
Nada ilustra mejor esta realidad que la transformación efectuada en la parte sur del país con la construcción de los canales de riego, los cuales tienen su origen en una “regola” hecha en la hoy provincia Peravia en 1885.
Azua fue, durante mucho tiempo una de las comunidades más secas del país por la escasez típica de lluvias, un hecho que limitaba la producción de alimentos. Esta realidad empezó a cambiar con la inauguración del canal Ysura, en 1978, una de las grandes obras de un período que llegaba a su fin.
La intervención de las fuentes acuíferas siempre ha tenido entre nosotros un uso preferentemente humano.
Cuando las inversiones para el aprovechamiento del agua no han estado dirigidas directamente al uso de la gente, lo ha sido de manera indirecta, como en la construcción de grandes presas para la generación eléctrica o para la irrigación de tierras que, de otra manera, permanecerían ociosas.
Ante la marcada urbanización de la población y la demanda creciente de agua, las administraciones han escogido, hasta ahora, el camino al parecer menos complicado de buscar agua donde sea para llevarla a las comunidades.
Por lo visto ha llegado el tiempo invertir un poco más en hacer a la gente consciente de la realidad de fondo de que sin agua para mojar la tierra, la seguridad alimentaria no puede ser asegurada.