Lunes, 20 de mayo, 2019 | 1:08 am

El abogado y el personaje



Desde hace muchos años el crítico literario Giovanni di Pietro, y el doctor Alex Ferreras, el más aventajado de sus alumnos, me han hablado con frecuencia de su fascinación por un personaje que a ellos se les figura como “típico y único” y al que ambos califican como “un símbolo de la sabiduría y las incongruencias de estos tiempos”.

Dicho personaje figura en cuatro libros diferentes. Se le describe como alguien “de gran riqueza personal y relaciones muy poderosas”.

Su manera de proceder y de pensar se relata como “oscura y escabrosa”. Se cita como ejemplo una escena de mi novela “No verán mis ojos esta horrible ciudad”, en la que un abogado, comprometido con causas muy sensitivas, atraviesa por una compleja situación de la que no vislumbra ninguna salida favorable. Presuroso, el jurista acude donde su mentor y guía, en auxilio de alguna alternativa.

El personaje le recibe en una de sus fabulosas mansiones, pero el gesto impaciente y la aterradora indiferencia muestran su inconformidad con la apresurada e inesperada visita. Más que referirse a los tormentos del visitante, el individuo se pierde en divagaciones que, en el atribulado estado espiritual del peticionario, le resulta muy complicado comprender.

-Siempre he sostenido que periódicamente se presentan algunos retos –expresa el personaje-. Son necesarios para probar nuestro control. La vida no es una línea recta. Nuestros adversarios han tomado un atajo. Han actuado con suma inteligencia, con singular habilidad. Utilizan nuestra propia fuerza y la revierten en contra nuestra.
Parece meditar, entonces, en las siguientes palabras de su personal disertación.

-La realidad es que nos hemos habituado. Nos hemos hecho rutinarios. Esa rutina, ese acomodamiento, ha ayudado al “monstruo”. El “monstruo” que no deja de observarnos ha aprendido. Ha tenido suficiente tiempo para estudiar nuestras debilidades y fortalezas.

Y ha dedicado tiempo y empeño a prepararse meticulosamente. Lleva años preparándose ante nuestros ojos. Ante nuestra mirada apática, indiferente. Ante nuestros afanes.
En la novela se sobreentiende que cuando se habla de “el monstruo” el personaje se refiere al pueblo, al común de la gente, y a los oponentes de lo que él simboliza.

-Cuando “El Jefe”, nuestro siempre amado y recordado benefactor fue ultimado, “el monstruo” pensó: fin del paréntesis. Ahora es preciso reajustar las cosas.

El “monstruo” es inteligente y paciente. Conocía que Trujillo había sido un mal necesario, una entidad imprescindible para domar el potro salvaje del “ser nacional”, organizarlo, dirigirlo, reorientarlo. Pero, cumplida su etapa, “el monstruo” se dijo: hora de reajustar las cosas.

“Consideró, entonces, que las condiciones estaban maduras y se dispuso a dar el salto. A recuperar lo que “el monstruo” considera que le pertenece y que le han robado.

E inicia sus reclamos. Muestra que posee los recursos y la disposición. Muestra que no siente temor, que se ha recuperado de los golpes que ha recibido. Empieza a mostrar sus garras.

El texto dice que miró al interlocutor con ira cuando este lo interrumpió manifestando que “él pensaba que la situación era diferente”, que eran “ellos” quienes tenían el control y disponían el orden de las cosas.

Con palabras muy duras, la objeción del personaje fue que “dejara de pensar”. “Subió la voz y todo pareció estremecerse: las paredes, los asientos que ocupaban, los arbustos, el bosque distante. Todo se paralizó por un instante que al jurista le pareció una eternidad.

El personaje apagó los restos de su puro en un cenicero también dorado que le quedaba próximo. Observó el verdor cercano. El mismo sirviente le trajo otra copa de brandy. La primera estaba aún intacta”.

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