La biblioteca
En medio de su estado, devastada y con los ojos acuosos, recuerda las veces que reñían cuando su marido gastaba medio sueldo comprando un montón de libros que traía a la casa.
Era tan insensato e irresponsable, que llegaba del trabajo y se pasaba horas y horas escribiendo a mano, de manera compulsiva, cosas sin sentido. O, empleaba las tardes de los fines de semana a comprar toda clase de libros. Al final, terminó habilitando una habitación para acomodar estanterías y hacer una biblioteca, modesta.
El hombre, entre libros y miradas desaprensivas de su esposa, terminó resignado a no tener hijos.
La mujer pensó todo el tiempo que era un castigo divino; y él, con cada libro nuevo, veía con gran satisfacción cómo iba creciendo la biblioteca.
A Dios, que tanto veneraba, le pedía de rodillas y con lágrimas en los ojos, que le quitara el castigo; y que, por fin, se cumpliera su ilusión. Pasaron los meses, los años y con un: «que sea lo que Dios quiera que sea», se resignó.
Ella, ahora, se siente más tranquila, después del funeral del marido.
Afortunadamente hizo una pira y se deshizo de un montón de papeles viejos que eran dizque poemas inéditos.
La venta de la biblioteca servirá para pagar algunas deudas de la gravedad que hizo y, además, comprará varios ambientadores.
Era necesario que se empleara a fondo. De alguna forma tiene que desaparecer ese olor duro, a medicamentos, que dejó el difunto flotando en la casa.
Un postre magnifico
En su cama de desahuciado, y con el último aliento, pidió a sus familiares que lo sepultaran con «El Aleph», sobre su pecho, el libro de Borges, con cuentos admirables.
Así lo hicieron.
En poco tiempo empieza la diversión.
La primera oleada de gusanos devoró con voracidad el cadáver, hasta dejarlo en los huesos; y por último terminaron por engullir a Borges hasta el final, incluido el colofón.
Un postre magnífico.