Dos caras de la narcoviolencia

El sábado pasado la violencia que rodea al narcotráfico mostró dos caras. Ese día, en horas de la tarde, quizás mientras Rolando Florián Féliz se preparaba para disfrutar de algunos de los tantos privilegios que podía comprar en la cárcel con el dinero del narcotráfico, un niño moría acribillado en Santiago cuando un sicario descargó su furia criminal contra el vehículo en el que estaba el menor.

Ese niño de dos años cayó abatido por un sicario que buscaba ajustar cuentas contra algunos de los adultos vinculados al infante caído. Signy Rafael Matías es ahora uno de los miles de inocentes que han muerto por el cruel modus operandi de los narcotraficantes.

Casi a la misma hora en que el niño moría, Florián Féliz recibía a dos mujeres para iniciar una larga velada de placer, privilegio que un reo podía comprar por la enorme fortuna que le generó la actividad criminal a la que se dedicó desde muy joven.

La violencia que caracterizaba el accionar delictivo de Florián Féliz se volcó en su contra en la cárcel de Najayo mientras reclamaba que le fueran reconocidos privilegios que sólo la corrupción justifica dentro de un recinto penitenciario. Pero al final de cuentas, Florián Féliz murió como vivió.

El mismo día el narcotráfico mataba a un niño inocente en Santiago y en la cárcel de Najayo moría un narcotraficante.

El sábado pasado demostró cómo esa actividad delincuencial genera violencia que lleva a la tumba a inocentes, pero también que los narcotraficantes tampoco escapan del mundo tortuoso que ellos mismos han ayudado a generar.

Signy Rafael Matías no hizo nada para morir, pero su vida fue segada por personas que al igual que el hoy extinto Florián Féliz están vinculadas al narcotráfico.

Nadie merece morir por la violencia, pero mucho menos los inocentes.