Sábado, 20 de abril, 2019 | 8:29 pm

¡Diantre, carajo, mataron a Papo el hijo de Chubula!



El hombre, exasperado, tomó su afilado colín y avanzó hacia el escenario donde yacía Papo, brotando sangre de su pecho, boca y nariz.  Estábamos en pleno montaje teatral de “La mujer de Onorio López”, sinopsis sobre el caso del joven soldado de la Guerra de la Restauración que abandonó su posición en el frente para acudir, cegado por los celos, a acechar a su mujer que, según le había dicho su mejor amigo, otro militar, le era infiel mientras él se sacrificaba en defensa de la Patria.

La gente había acudido al desaparecido Cine Catalina, de don Fabián Matos, en el municipio Tamayo, a presenciar la obra. Expectante, el público seguía el hilo del momento cuando un pelotón de fusilamiento, en un solemne gesto y toque marcial de corneta, dispara una descarga contra el condenado, que era Papo el hijo de doña Chubula, perteneciente a una conocida familia de La Sombra, en esta comunidad.

-“Onorio era tímido, pero valiente…”, así iniciaba yo la narración de este relato convertido en especie de obra teatral por un grupo de jóvenes que se habían organizado en la Sociedad Artística Tamayense (SAT). Los mozalbetes de este grupo montaban funciones que eran del deleite de pueblerinos que acudían, pagando sus entradas, a las presentaciones.

La SAT había surgido producto del ímpetu de jóvenes de la época que deseaban canalizar sus inquietudes “revolucionarias”, sanas, pero que tenían en su trasfondo una orientación política subyacente: aprovechar las presentaciones para atizar la lucha contra el régimen, abonar el proceso de promoción de la revolución y, por ende, prevenir la transculturación cultural. Advertíamos, entonces, que la sociedad norteamericana nos invadía con sus músicas y bailes estrambóticos, a lo John Travolta, y otros.

-“Ahí va ese comunista a dañar los muchachos”, susurraban algunas madres que me veían atravesar el poblado para ir al barrio Alto de las Flores donde nos reuníamos con jóvenes, básicamente cristianos militantes y algunos indiferentes.

Gestábamos en esa época la creación del Club Cultural Alto de las Flores. Habíamos recibido instrucciones de mandos provinciales de la Línea Roja del 14 de Junio, organización clandestina, a la que nos habíamos sumado, que trazó la política de crear este tipo de estructura para activar la lucha contra el régimen en el frente cultural.

Éramos apenas chicos que nos atrevíamos a asumir responsabilidades que hoy son impensables. Hablamos de finales de los años 60 y 70. A la par del trabajo cultural, intentamos ubicar en Tamayo por instrucciones de la Línea Roja un cuadro político que trabajaría en la captación y preparación ideológica de campesinos de la zona.  Eso, definitivamente, no funcionó.

Ante el evidente fracaso de integrar el cuadro político entre los productores, continuamos los esfuerzos para crear el Club Alto de las Flores, desde donde surgió entonces la Sociedad Artística Tamayense (SAT) que integramos jóvenes soñadores que ansiábamos realizar labores sociales en los barrios, lo cual incluía la integración de estos en entidades que promovían el entretenimiento, la realización de comedias y el “montaje” de obras, que en aquel tiempo era una osadía, ya que no contábamos con la mínima experiencia al respecto.

Pero parece que estas salían bien porque el público acudía a las funciones y reía bastante con las ocurrencias de los “actores” y “actrices” del grupo. –“Ustedes deberían hacer películas”-, llegaron a decirnos espectadores en medio del entusiasmo.

Pero fue el montaje “La mujer de Onorio López” que nos colmó de entusiasmo.

La narrativa de la obra señala que cuando Prudencio,  otro militar restaurador amigo de Onorio se le acercó y le dijo que su mujer le era infiel, no esperaba que éste abandonaría el servicio para irse secretamente a su poblado. Allí se ocultó detrás de unos árboles y observó los movimientos del entorno de su vivienda.

La calma y un ambiente campestre reinaban en la cercanía de la humilde vivienda. En la oscuridad, y con apenas la iluminación que producía una “jumiadora”, el joven militar avistaba desde su escondite, la figura, la sombra de un hombre que llegaba y que, tras una breve conversación con su mujer, entró a su casa. Minutos después se apagaron todas las luces.

Onorio, definido como un recio y valiente militar restaurador, se obnubiló y entró en ira, cargó una rabia diabólica y penetró violentamente a su hogar, y sin hacer preguntas, disparó despiadadamente contra su mujer y el acompañante.

Se retiró sigilosamente y retornó al mismo lugar donde hacía su servicio en el frente de guerra. El comandante de la tropa le esperaba y ordenó su arresto. Onorio fue juzgado en un consejo de guerra. El tribunal militar condenó a Onorio López a un fusilamiento sumario. Lo juzgó por traición y por el delito de abandonar a sus compañeros en medio de la guerra, lo que puso en peligro la vida de los demás.

La escena del fusilamiento fue dramática. Hicimos los preparativos para lograr que la muerte de Onorio (Papo) pareciera lo más natural posible. Pusimos a los “actores” vestimentas de color kaki parecidas a las que usan los guardias, situamos a Onorio frente al pelotón y simulamos disparos tras la orden de fuego. Al tiempo que se disparaba al condenado, una corneta tocaba una triste marcha militar, se apagaron las luces del escenario y los fogonazos de “fusiles” encandilaban en medio de la oscuridad.

Onorio recibía los “impactos” de las “balas”  y caía inclinándose hacia adelante, dando lugar a que los potes de tintura roja que tenía adheridos al cuerpo, se vayan vaciando para crear la sensación de que se desangraba por efectos de los tiros.

Su amigo Prudencio intervino para decirle  que se trataba de una broma. Quería convencer al jurado de que se trataba de una chanza, que le había hecho una mala jugada por ser el Día de los Santos Inocentes, que no era cierto que la mujer de éste le era infiel.

Pero ya era tarde. Onorio había matado a su cuñado Bernabé Volquez, que era hermano de su mujer, y a también a ésta.   Volquez acudía todas las noches a proteger a su hermana para que no estuviera sola en ausencia del militar que libraba fuertes luchas en la guerra restauradora.

Entre el público estaba un atónito un campesino de unos 60 años de edad que entró a la función, pero que no comprendía nada del desarrollo escénico del drama.

Ataviado de sombrero y un colín al cinto, el cual no abandonaba en ninguna parte, vio cuando Onorio caía y entró en pánico, haló su filosa arma, avanzó hacia el escenario y abriéndose paso entre los asientos del cine, vociferaba:

-“Diablo, carajo, mataron a Papo el hijo de mi comadre Chubula…esto no se queda así”.

 

*El autor es periodista

Publicidad