Es una vieja costumbre en nuestro país invertir millones de pesos en la construcción de infraestructuras para luego olvidarlas. La falta de mantenimiento ha convertido en ruinas muchas obras públicas que alguna vez fueron motivo de orgullo nacional.
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 han demostrado que República Dominicana cuenta hoy con instalaciones deportivas dignas, modernas y a la altura de una competencia internacional.
Atletas, entrenadores, delegaciones y aficionados han elogiado la calidad de estos escenarios, que representan una de las mayores inversiones realizadas en favor del deporte nacional. Pero el verdadero reto comenzará cuando se apaguen las luces de los Juegos. Será entonces cuando las federaciones deportivas, los atletas, las autoridades y la ciudadanía tendrán que demostrar si aprendimos de los errores del pasado o si volveremos a repetir el ciclo del abandono.
Quienes utilizan estas instalaciones tienen el deber de cuidarlas como un patrimonio colectivo. Son ellos quienes mejor conocen las penurias de entrenar durante años en espacios deteriorados, con equipos obsoletos o insuficientes.
La ciudadanía, por su parte, debe convertirse en vigilante de estos bienes públicos, denunciando cualquier acto de vandalismo, negligencia o abandono. Y las autoridades tienen la obligación de establecer un programa permanente de mantenimiento preventivo, porque siempre será más barato conservar una obra que reconstruirla cuando ya esté destruida.
Nuestros atletas merecen entrenar en instalaciones de primer nivel y contar con las condiciones necesarias para desarrollar su talento. El respaldo al deporte no puede limitarse a los días de competencia ni a las ceremonias de premiación. Debe ser un compromiso permanente que garantice entrenadores capacitados, equipos adecuados, atención médica, apoyo económico y programas de preparación de alto rendimiento.
También es hora de romper otra mala práctica: descubrir las necesidades de nuestros deportistas únicamente cuando suben al podio. Resulta frecuente escuchar, después de una medalla, historias de atletas que no tienen una vivienda digna, que entrenan con enormes limitaciones económicas o que cargan con problemas familiares y de salud.
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