Martes, 21 de mayo, 2019 | 6:52 am

Desde Octavio Paz



Los de mi generación y la precedente coincidimos en que, en vida, ahora en obra, Octavio Paz fue y sigue siendo uno de los intelectuales más brillantes del siglo XX y uno de los poetas más exquisitos y encumbrados, con un singular dominio de las técnicas del lenguaje y con una sensibilidad y creatividad que no conocieron límites. Nació en marzo de 1914 y murió en abril de 1998, en México.

Premio Cervantes 1981 y Premio Nobel de Literatura 1990. En su libro de ensayos sobre arte y literatura “In/Mediaciones” (1979), y entre textos de una profundidad y belleza extraordinarias aparece uno muy breve, que cierra el libro, dedicado al poeta, novelista y crítico francófono de origen belga Hubert Juin, Se titula “Sólido/Insólito”. Quisiera compartirlo con mis lectores de Carpe diem, como un Carpe diem:

“La obra nunca tiene realidad real. Mientras escribo, hay un más allá de la escritura que me fascina y que, cada vez que me parece alcanzarlo, se me escapa.

La obra no es lo que estoy escribiendo sino lo que no acabo de escribir -lo que no llego a decir. Si me detengo y leo lo que he escrito, aparece de nuevo el hueco: bajo lo dicho está siempre lo no dicho. La escritura reposa en una ausencia, las palabras recubren un agujero.

De una y otra manera, la obra adolece de irrealidad. Todas las obras, sin excluir a las más perfectas, son el presentimiento o el borrador de otra obra, la real, jamás escrita.

La solidez de una obra es su forma. Los ecos y la correspondencia entre los elementos que la componen configuran una coherencia visible que se despliega ante los ojos y la mente como un todo: una presencia. Pero la forma está construida sobre un abismo. Lo no dicho es el tejido del lenguaje.

La forma es una arquitectura de palabras que, al reflejarse unas en otras, revelan el reverso del lenguaje: la no-significación.

La obra no dice lo que dice y dice lo que no dice. Lo dice independientemente de lo que quiso decir el autor y de lo que ella misma, en apariencia, dice.

La obra no dice lo que dice: siempre dice otra cosa. La misma cosa.
La obra es insólita porque la coherencia que es su forma nos descubre una incoherencia: la de nosotros mismos que decimos sin decir y así nos decimos.

Soy la laguna de lo que digo, el blanco de lo que escribo. La forma es una máscara que no oculta sino que revela. Pero lo que revela es una interrogación, un no decir: un par de ojos que se inclinan sobre el texto -un lector. A través de la máscara de la forma el lector descubre no al autor sino a sus ojos leyendo lo no escrito en lo escrito.
El poeta es el lector de sí mismo: el lector que descubre en lo que escribe, mientras lo escribe, la presencia de lo no dicho, la ausencia de decir que es todo decir.

La obra es la forma, la transparencia del lenguaje sobre la que se dibuja -intocable, ilegible- una sombra: Yo también adolezco de irrealidad.”

Como se ha podido apreciar, se trata de una reflexión de apenas cuatro párrafos. En ellos desbordan la sensibilidad ante el lenguaje y la brillantez con que el poeta capta y traslada al lector la singularidad, el momento único e irrepetible de la génesis de lo escrito; o bien, de lo creado a través de las palabras.

Solo la humildad, condición del genio, como sugería Tolstoi, puede obsequiarnos una revelación a la vez tan poderosa, convincente, lúcida y hermosa.

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