Desde mi escritorio

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Verano escolar… ¿alegría o dolor de cabeza?
Recuerdo que en mis años de escuela contaba los días, las semanas y los meses para las vacaciones escolares. Eran casi tres meses fuera de las aulas, visitando la familia, jugando con los amigos, leyendo y, claro, levantándome tarde.

Buen desayuno, disfrutando de la tranquilidad y despreocupación ganadas por unas buenas calificaciones, logradas luego de un año de arduo trabajo con libros y profesores.

Nunca me detuve a pensar qué representaban para mis padres esos tres meses en el hogar. Era una niña, no tenía que hacerlo.

Ahora sé que tipo de preocupaciones pasaron por sus cabezas, la primera interrogante era cuál sería el calendario de actividades para mantener activo a un niño en ese largo tiempo, y la segunda llegaba al final de las vacaciones, con la compra de uniformes y útiles escolares.

Hoy vivo esa misma situación. Bien dicen por ahí que llega un momento en que los hijos, como ley de la vida, se ponen los pantalones de los padres. Aunque sigo pensando que la vida de hace décadas era menos complicada que ahora. Un asunto que, como madre, me preocupa desde hace años es la tendencia a reducir el tiempo de vacaciones. Nuestros hijos se merecen más tiempo para relajarse y disfrutar de la vida, luego les llegará el momento de correr. Estamos creando un mundo acelerado como legado. No es un buen regalo para las futuras generaciones. Debemos pensarlo mejor para no contagiarlos de nuestro estrés.