Desde mi escritorio

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Servir con alegría
Hablar de vocación en estos días es complejo. Esa palabra tan valorada en tiempo atrás y que era orgullo de muchas personas, está tirada en el piso o relegada a un rincón del cuarto de las cosas que no se usan. Abandonada cual trapo que no vestimos porque ha pasado de moda, yace en la oscuridad. Al ser pisoteada por muchos, el resto de los mortales ha aprendido a no valorarla y darle la espalda. Con pesar vemos como la sociedad convierte su corazón en un camaleón que cambia de color y parecer según le conviene, siendo el gris de la indiferencia su principal transformación. Seamos la diferencia. Busquemos y desarrollemos nuestra vocación de servicio, sin importar el área donde nos desenvolvamos o trabajemos. Servir implica ayudar a alguien de una forma espontánea, es decir, adoptar una actitud permanente de colaboración hacia los demás. No es tan difícil y, aunque no lo creas, aligera la carga y brinda felicidad. Servir implica superar algunos pensamientos y actitudes negativas, en otras palabras, quien supera la comodidad puede entender que en la vida no todo está en el recibir, ni en dejar la solución y atención de los acontecimientos cotidianos, en manos de los demás. La base para vivir este valor es la rectitud de nuestras intenciones. De nada sirve hacer las cosas esperando una recompensa. Tal vez recibas una remuneración. Solo dos cosas a esto: el dinero siempre se va de las manos, la satisfacción de hacer algo por otros o la gratitud de alguién siempre nos acompañarán.

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El Día

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