En mi infancia aprendí perfectamente qué significaban dos palabras: derechos y deberes. Lo hice en mi casa, con mis abuelos y padres como referentes que vivieron épocas difíciles.
Ellos tuvieron que luchar por sus derechos, algunos básicos, pero sin olvidar cuáles eran sus deberes como ciudadanos. Lo hice en el colegio, donde en grupo aprendimos cómo trabajar para que aquello que considerábamos injusto cambiara, para que aquellos derechos que sentíamos vulnerados dejaran de serlo. Siempre recordando que teníamos deberes por cumplir que, al mismo tiempo, avalaban que los derechos pudieran alcanzarse.
Sin embargo, hoy en día solo oigo hablar de derechos. Y no hablo de países en los que aún quedan los más básicos por conquistar; esa es otra conversación. Hablo de aquellos en los que hay una democracia (teóricamente, por lo menos) instalada.
Resulta que parece que ahora todo son derechos. Ahora nada más por el hecho de existir te mereces absolutamente todo. El problema llega cuando te toca hablar de deberes; ahí el discurso se diluye, nadie quiere asumirlos, hablan de imposiciones, de abusos, de no sé cuántas cosas más. ¿Entonces?
Creo que debemos ser ciudadanos que aportemos a que esa democracia, que tanto se defiende, sea real y funcione. Para ello debemos defender nuestros derechos y asumir nuestros deberes.
Es así de sencillo. El que crea que todo se merece, que nada cuesta, que trabajar es cosa de otros, que invertir por un futuro no merece la pena porque el Estado debe dártelo todo, creo que lo único que logra es socavar ese Estado de derecho, hacerlo débil y hundir lo que mis abuelos y padres tanto lucharon por conseguir.
Y ni siquiera hablo de política como tal. Hablo de cada uno de nosotros como ciudadanos: qué podemos aportar y no tanto esperar.
leídas